Historia y ficción

 

Desde los inicios, la literatura se ha servido de la historia, de modos muy diversos, lo comprobamos en la épica clásica y medieval, en los romances, en el teatro de Shakespeare o en el del Siglo de Oro… Con el romanticismo, surge la llamada novela histórica, bastante fantasiosa y distorsionadora, casi siempre, que servía de marco más o menos exótico para exponer las ideas de aquel movimiento intelectual y artístico. Después, con el realismo, se acentúa el tono costumbrista, como puede apreciarse, por ejemplo, en los Episodios Nacionales galdosianos. Más recientemente, se habla de historia novelada, para referirse a un tipo de relatos en los que no se trata de inventar, sino de narrar hechos del pasado, de un modo más vivo y asequible para un público amplio que el trabajo riguroso de los historiadores.

Como lector, tengo cierta prevención hacia este tipo de relatos, pues siempre se me plantea cuál es el límite entre ficción e historia, ¿vale todo, si se tiene en cuenta la influencia de un texto sobre los destinatarios? Peter Shaffer, recientemente fallecido, escribió Amadeus, una obra de teatro sobre las relaciones entre los compositores Mozart y Salieri, en la que se basó la premiada película homónima de Milos Forman (1984), que muchos recordarán. Es muy probable que bastantes espectadores que no conozcan a fondo la vida de Mozart se hayan quedado con la imagen esperpéntica, infantiloide del gran músico que ofrece la película, de indudable y atractiva calidad cinematográfica. Sin embargo, ni la personalidad del gran genio ni sus relaciones con Salieri fueron como se plantean en la obra de teatro y en la película.

Sirva este ejemplo para ilustrar lo que he escrito al inicio del párrafo anterior acerca de los límites al escribir sobre hechos y personajes históricos. Podría poner otros, algunos calumniosos como El vicario (1963), drama de Rolf Hochhoth sobre el papa Pío XII y los judíos, que llevó al cine Costa Gavras en 2002, y que ha dado lugar durante años al desprecio del pontífice en muchos ambientes mediáticos y culturales, hasta que los historiadores han demostrado la falsedad de las acusaciones vertidas en ambas obras.

En cambio, para no poner solo ejemplos negativos, me conmovió hace ya bastantes años la lectura de El bosque de la larga espera, de Hella Haase, publicado en 1949 y traducido al castellano en 1992, sobre Carlos de Orleans (s. XIV-XV), un ejemplo de ponderación, armonía y buena literatura. ¿Todo vale si se trata de ficción, incluso cuando esta desarrolla un tema histórico? Pienso que no.

 

Hella Haasse, El bosque de la larga espera, Edhasa, 2001.

Luis Ramoneda