Sonría, por favor

 

Parece que estamos dominados por los mensajes electrónicos –con tanto twittero– y que unos andan intentando borrar lo que escribieron y otros buscando cómo cazar al adversario con alguna frasecita que lo ponga en evidencia. Pienso que resulta preocupante que demos tanta importancia a unos dimes y diretes que son casi siempre fruto de la improvisación, del chismorreo, de la ocurrencia más o menos lograda… Es decir, todo lo contrario de lo que cabe esperar de quienes tienen graves responsabilidades en la vida política, social, cultural… También puede ser síntoma de vanidad y de narcisismo ese empeño por que nos lea nuestras ocurrencias en los cuatro puntos cardinales o por que sepa todo el mundo de nuestras intimidades.

En vez de pensar, de leer, de estudiar los asuntos con rigor, parece que nos gastamos en una batalla de caza de brujas. Si el tiempo que se pierde en escribir y leer tanto mensaje innecesario, lo empleáramos en estudiar, en conversar, en escuchar…, otro gallo nos cantara, me parece, y, además, nos quitaríamos probablemente de encima buena parte de la tensión en que vivimos.

De todos modos, cuando no existían los medios electrónicos de ahora y nos contábamos chistes, nadie se escandalizaba de que se hablara de negros, del tonto del pueblo, de alemanes, franceses y españoles, de vascos y catalanes, de cojos, de ciegos, de cornudos, de afeminados o de lo que fuera. Teníamos muy claro que se trataba de un chiste y generalmente no suponían un menosprecio para nadie. Ahora, entre lo políticamente correcto y los mensajes electrónicos, parece que ya casi no queda lugar para el humor y corremos el riesgo de convertirnos en una sociedad aburrida, malhumorada y temerosa. No dejemos de reírnos, que resulta muy sano.

Incluso en una novela tan dura como El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Chaves Nogales, que acaba de reeditarse, no faltan los tonos de humor –por la perspectiva tan sabiamente elegida por el autor–, que por contraste subrayan aún más la sinrazón de las barbaridades de que somos capaces los hombres. Los rostros crispados, los gritos, el enfado, los insultos son malos síntomas y malos compañeros.

 

Luis Ramoneda