Cisnes Salvajes

Jung Chang abandonó China en 1978, a los 26 años, para trasladarse a Gran Bretaña y continuar sus estudios. En 1982 se doctoró en Lingüística y en la actualidad imparte clases en la Universidad de York. La trayectoria personal de Chang, hija de un matrimonio de revolucionarios comunistas castigados por la arbitrariedad de la Revolución Cultural, resume una buena parte de la historia reciente de China, todavía muy desconocida.
Cisnes salvajes desarrolla sobre todo las vidas de la abuela (concubina de uno de los «señores de la guerra»), la madre (destacada revolucionaria comunista), y los años de estudiante de la autora hasta su traslado a Occidente. A través de las peripecias vitales de estos personajes, Chang, con un estilo auténtico, objetivo y estremecedor —sin caer en el melodrama ni el revanchismo—, hace un repaso a los grandes hechos y tragedias que ha vivido China en el último siglo.
El ejemplo moral de la familia de la autora, muy unida a pesar de las contrariedades —su padre es uno de los personajes más llamativos de todo el libro por su integridad y fidelidad a unos ideales hasta el fin, a pesar de las agónicas dificultades por las que pasará—, hace que la novela tenga un mensaje positivo y esperanzador. Además, la autora permite que sean esas experiencias personales —sin disquisiciones teóricas ni lamentos— las que reflejen con exactitud la sufrida historia colectiva de todo un pueblo. Por encima de los sufrimientos padecidos, la mayoría inhumanos, Jung Chang deja constancia de la fortaleza e integridad de gran parte del pueblo chino: «Rodeada de sufrimiento, muerte y desolación, había contemplado la indescriptible capacidad humana para sobrevivir y buscar la felicidad».

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
1996
540
84-7765-222-9
2004
560
978-84-7765-222
Valoración CDL
4
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Género: 
Libro del mes: 
Julio, 2010

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Imagen de Manu

La vida en la época de Mao, sabiendo la realidad anterior y los efectos de la revolución cultural en China. 

Imagen de JOL

Algunos consideran esta obra como capital para entender China en el siglo XX y ahora, aunque también en sus raíces. La autora ha vivido intensamente en tiempos de penalidades, habituales en China, aceptándolas con estoicismo hasta que van descubriendo otro mundo donde hay libertad. Sobrecoge el relato pormenorizado de tanto sufrimientos, con los señores feudales aunque estén el siglo XIX y XX, con los belicosos japoneses, con el Partido Comunista, y con Mao. El Partido se presentó como salvador contra los anteriores tiranos autónomos, terratenientes, y extranjeros que son los japoneses. Y de hecho contribuyó a que hubiera un orden y una relativa igualdad, aunque sin asomo de libertad, hasta límites increíbles.

Pero los chinos son un pueblo acostumbrado a pasar hambre desde hace muchos siglos, y están entretenidos en sobrevivir con menos de lo mínimo. No tenían tiempo para pensar en libertades. Y parece que todavía muchos millones siguen en esa línea.
Jung Chang estuvo convencida durante toda su juventud de que Mao era un dios y que los problemas estaban en sus subordinados. El lavado de cerebro ha sido descomunal e insospechado para los occidentales. Además del hambre durante años -a pesar de pertenecer sus padres al grupo selecto de funcionarios-, y de los sufrimientos y torturas al caer en desgracia de una manera que nos parece ridícula, la autora describe la brutalidad de la Revolución Cultural a cargo de la Guardia Rojas, integrada en su mayoría por jóvenes ignorantes, agresivos y sádicos. Lo de la tortura china es un tópico basado en el desprecio de las personas.

Todo esto puede sofocar un tanto y exigir mucha paciencia al lector para atisbar la luz al final de la era de Mao. Pero difícilmente encontrará un libro mejor para entender el porqué de China, y la esperanza que puede haber ahora por más contacto con Occidente. La autora ha escrito otro libro, tan documentado como el primero, dedicado específicamente a Mao: impresionante. No hay exageración en ninguna de estas dos obras. También puede atisbar el lector qué pasa en un pueblo que no conoce el cristianismo.

Imagen de acabrero

Sabemos que hasta las tragedias más tremendas suelen tener un punto de inflexión, un descanso, un momento de sosiego. Al leer este drama he tenido la impresión, durante muchas páginas, de que no había respiro. Las dificultades de estas tres mujeres, especialmente la abuela y la madre de la autora, son verdaderamente tremendas. Uno llega a entender que a lo largo de la narración surjan innumerables suicidios. Porque sin un planteamiento religioso, es muy difícil vivir una vida tan dura. Sólo al final, después de la muerte de Mao, se vislumbra la luz. Pensar que tantos miles y millones de personas hayan sufrido tan sin sentido, por el capricho de un sistema y de unas cuantas personas, parece increíble. Desde luego sólo hace creíble el relato el hecho de que el lector acepta la sinceridad de la autora y comprueba los muchos datos que están apareciendo. El libro se puede hacer un poco arduo en algunos momentos. Sobre todo al principio, al hablarse de la abuela, la madre, su madre, su abuela… hacen que el lector pueda perderse y, sin darse cuenta, esté pensando en la persona equivocada. Hace un tanto ardua la lectura el hecho de que durante páginas y páginas sólo ocurren desgracias. Pero la historia es fantástica y reveladora. Se descubre un mundo inmenso y el horror de la falta de libertad, porque este sería el tema casi monográfico. Merece la pena llegar al final, entre otras cosas porque asoma un destello de esperanza. Y por constatar una vez más que sólo el amor de las personas, la unidad de la familia, puede mantener la esperanza.

Imagen de Azafrán

Admirable la labor de la autora novelando la vida de tres generaciones –una de ellas, la vida de la autora- como hilo conductor de la historia de China. Todo un siglo, el siglo XX de China, condensado en 529 páginas.
Teniendo en cuenta que China es el cuarto país por extensión del mundo y que su población -1300 millones- representa un quinto de la población mundial, se comprende que lo sucedido en ese país durante un siglo tendrá también una dimensión extraordinaria. Jung Chang consigue acercar al lector occidental a ese universo a través del sufrimiento de su propia familia y del suyo propio.
Comienza Jung Chang relatando la vida de su abuela, concubina de un General de Kuomintang, gobierno militar de Chiang Kai-Shek que apoya al emperador chino y que, bajo su estela, se deja llevar por la corrupción, el fraude y la prevaricación mientras el pueblo, el campesinado, sufre toda clase de atropellos.
Un pueblo traicionado, explotado y maltratado resultó campo abonado para el comunismo. Y los jóvenes comunistas que se enfrentaron al Kuomintang –muchos pagaron con su vida esa rebeldía- lucharon por conquistar el ideal comunista para la sociedad china. En 1945 Mao Zedong consigue arrinconar a Chiang Kai-Shek en la isla de Taiwán y fundar la República Popular China en el continente asiático.
El comunismo, como ideal, resultó atrayente para la generación de los padres de Jung Chang. Ambos lucharon por transformar la sociedad china en una sociedad comunista. El padre de la autora demostró ser un comunista convencido: para él no existía diferencia entre un campesino y su propia esposa y no se permitía ninguna diferencia en el trato con ambos, ningún favoritismo con su familia. Su madre, aunque comunista convencida, comenzó a dudar intuitivamente de la práctica comunista, de la posibilidad real de una lucha permanente dentro de la sociedad en pro del ideal comunista perfecto.
La madre de la autora trabajó muy duro, vivió una vida austera, incluso renunció a criar a sus propios hijos por la dedicación al partido.
A través de esa lucha el lector puede comprender la sociedad china, la familia y el sistema económico. Los comunistas fueron bien aceptados porque eran parte de la propia sociedad: estaban acostumbrados a vivir muy sobriamente –no así los componentes del Kuomintang, provenientes de la clase privilegiada y por lo tanto dados a grandes banquetes y celebraciones-. Los comunistas repartieron entre el campesinado las tierras de los grandes terratenientes y trataron de instaurar el sistema de las comunas en las que todos trabajaban y todos recibían igual salario. Este sistema conllevó el abandono del campo y condujo “El Gran Salto Adelante” de 1958 – un programa de Mao Zedong- junto con el empeño por poner a China a la cabeza de la producción mundial de hierro, a una terrible hambruna que costó millones de vidas –la autora habla del 10 por ciento en las ciudades; imposible el cálculo en el campo-.
Mao Zedong sufrió las críticas de los miembros del partido y trató de atraerse la devoción de las nuevas generaciones; así las movilizó a la caza de los “traidores capitalistas”: una caza de brujas dentro del comunismo. En esto consistió la Revolución Cultural, en que los jóvenes se rebelaran en contra de lo que para ellos significaba “autoridad” y atacaran a sus superiores - los profesores los primeros-.
Los dirigentes de las células comunistas eran empujados a denunciar a un determinado número de detractores del comunismo. Si no denunciaban de acuerdo con lo señalado por su autoridad inmediata, eran considerados responsables de la traición ellos mismos. En esa espiral de mentira y calumnias, maledicencias y torturas hasta la muerte, el número de muertos se incrementaba día a día.
La consecuencia inmediata era que la gente no podía manifestar su pensamiento, sus ideas, ni en su propia familia, por miedo a ser denunciado. Los campesinos se vieron constreñidos a falsificar los datos de su cosecha, a fin de que alcanzaran las perspectivas que el partido les había señalado.
La vida Jung Chang, la propia autora, no resultó mucho más fácil. Ella también perteneció a las Juventudes Rojas y tuvo que presenciar el arrinconamiento de su padre y el hostigamiento a su familia.
Su padre fue torturado hasta caer en la esquizofrenia. Desconfiaba de su esposa a la que trató con violencia física. La madre de Jung Chang consiguió que un sector de los rebeldes autorizase asistencia psiquiátrica para su esposo. A pesar del debilitamiento físico, sobrevivió. Fue enviado a trabajar al campo en condiciones muy duras y fue maltratado a causa de la maledicencia y la difamación con el insulto de “traidor a Mao”. Uno de los últimos consejos que dio a sus hijos fue: “Si llego a morir de este modo, no creáis más en el Partido Comunista” (pág. 459)
La división de los jóvenes rebeldes en diferentes facciones provocó enfrentamientos inevitables en sus luchas por acceder al poder. Las intrigas y venganzas eran situaciones habituales que arruinaron la estabilidad social e impidieron el desarrollo de las actividades académicas. Todo esto motivó las protestas de los jóvenes universitarios en la plaza de Tiananmen, en Pekín. Mao Zedong dio la orden al ejército de disolver las protestas de los estudiantes y, ante la impotencia del ejército, autorizó el uso de armas de fuego contra los jóvenes allí congregados.
Jung Chang vivió la masacre y tomó la decisión de procurar su formación universitaria como médico en algún otro país occidental. Las autoridades trataron de impedir su salida, pero consiguió salir del país en un momento en el que su madre aún conservaba cierto poder.
“Las teorías de Mao, sin embargo, podían no ser sino una prolongación de su personalidad. En mi opinión, había sido por naturaleza un luchador incansable y competente. Había comprendido la índole de instintos humanos tales como la envidia y el rencor, y había sabido cómo explotarlos para conseguir sus propios fines. Su poder se había sustentado en despertar el odio entre las personas y, al hacerlo, había llevado a muchos chinos corrientes a desempeñar numerosas tareas encomendadas en otras dictaduras a las élites profesionales. Mao se las había arreglado para convertir al pueblo en el instrumento definitivo de una dictadura (…) Al nutrir y sacar al exterior los peores sentimientos de las personas, Mao había creado un desierto moral y una tierra de odios (…) La otra característica fundamental del maoísmo, había sido la instauración del imperio de la ignorancia…” (pág. 515)
Tras la muerte de Mao Zedong, en 1975, Deng Xiaoping accede al poder y promueve el lento retorno al sistema capitalista lo que ha supuesto un intenso crecimiento económico de China. Hu Jintao es el actual presidente chino y Wen Jiabao su primer ministro.

Imagen de reyes

He leido este verano "Cisnes Salvajes" y me ha aportado un conocimiento de la China de Mao que desconocía. Es impresionante el sufrimiento de esa familia, como el de la mayoría de las familias chinas que se vieron inmersas en tales atrocidades bajo ese regimen. Pero quisiera destacar algo que me ha llamado la atención con respecto a la autora. Imagino que por desconocimiento y falta de otra formación que la que buenamente ella pudo obtener, además de tener la entereza de poner a funcionar "la razón", tan dificil de que se ponga en marcha en el ambiente en el que vivió. Me refiero a que si por un lado Mao promovía la natalidad con el fin de obtener mano de obra abundante, Jung Chang criticaba la ignorancia de Mao al no usar los métodos occidentales para el control de la natalidad. Es cierto que la ideología de Mao iba por el lado de la utilización de las personas como mera maquinaria de producción, pero el polo opuesto es igualmente indeseable. No sé cómo pensará en la actualidad la autora del libro, y me gustaría saberlo. A fin de cuentas la riqueza de cualquier país es su población, la miseria radica en la pésima clase politica que los rigen.

Imagen de mpolanco

Acabo de terminar de leer una obra excepcional. Se titula Cisnes Salvajes, y está escrita por Jung Chang. En ella, la autora narra magistralmente su vida en la China de Mao. Una vida cargada de sufrimientos, penurias y desengaños, pero también rica en virtudes vividas hasta el heroísmo. Heroica fue también la vida de sus padres, que lucharon por instaurar el comunismo en China, pensando que ello era lo mejor para su patria, y la de su abuela, que sacrificó lo mejor de su vida por su hija y sus nietos.

A lo largo de las más de quinientas páginas de Cisnes Salvajes, el lector se entera de lo que podríamos llamar la historia íntima de China. No es la historia fría y seca de los manuales o de la prensa, sino la historia humana de una familia que, de buena fe, apostó por lo que creía que era lo mejor para su país. Para comprender por qué tanta gente apoyó a Mao –al menos en los primeros tiempos– debemos tomar en cuenta la situación de la que partían: un régimen corrupto e ineficaz, como era el Kuomintang de Chiang Kai-shek. Los padres de Jung Chang –adolescentes aún cuando se incorporaron al Ejército Rojo– lucharon por lo que ellos creían justo, y de hecho, durante los primeros años de comunismo en China, parecía que finalmente la justicia había triunfado. Los funcionarios públicos eran tan escrupulosos, que tenían dos frascos de tinta: uno para utilizarlo cuando escribían documentos de gobierno y otro para asuntos personales. Pero luego vino el nefasto “Gran Salto Adelante” (mediados de los cincuenta), estúpida idea de Mao para poner por la fuerza a China a la par de las potencias industrales de occidente, y comenzó la miseria: treinta millones de personas murieron de hambre, al dejar abandonados sus campos de labranza para ir a trabajar, por órdenes Mao, en la producción de acero. Luego vino la mal llamada “Revolución Cultural” (años sesenta), que en realidad fue una cacería de brujas ideada por Mao para deshacerse de sus antiguos colaboradores (entre ellos los padres de la autora), mediante torturas y una persecución política implacable. Capítulo aparte merece la narración de las atrocidades cometidas por la esposa de Mao, mujer maléfica y cruel como pocas han existido.

Imagen de Mon

Durísima novela que cuenta la historia de tres generaciones (la autora, su madre y su abuela) en China. Todos los miembros de la familia son personas de una pieza, sin formación religiosa pero con unas cualidades humanas y una honradez excepcionales. Los padres de la autora se hicieron comunistas por alinearse con la justicia social y cayeron víctimas de la caza de brujas de la revolución cultural. Resulta estremecedor ver el esfuerzo moral de estas personas en un ambiente de falsedad y venganzas.

Imagen de cdl

La autora de esta obra, profesora de lingüística en Londres, ofrece una recreación biográfica de su abuela, su madre y ella misma, sobre el marco de los profundos cambios operados en su país de origen desde comienzos de siglo. La obra es una interesante y escalofriante crónica de primera mano sobre la evolución histórica, social y cultural de China en las últimas décadas, sin perder el atractivo humano de la mejor novela psicológica.