De este y otros mundos

En esta recopilación de ensayos, C. S. Lewis reflexiona sobre los diversos géneros de la literatura fantástica -del cuento de hadas a la ciencia-ficción- enfrentándose a puristas y moralistas y destacando, entre sus alicientes, los múltiples recursos del «juego del intelecto» a la par que la oportunidad de descubrir, como en «ciertos sueños extraños», «sensaciones que nunca hemos experimentado y que amplían nuestra concepción de lo posible". Siempre inspirado y heterodoxo, De este y otros mundos constituye un brillante legado sobre cómo y de dónde surge la literatura

Ediciones

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2004
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C. S. Lewis ha logrado cautivar a muchos lectores y por motivos bien distintos. Algunos se han sentido atraídos por sus novelas fantásticas, sobre todo los niños con las Crónicas de Narnia (prueba de ello son las muchísimas cartas que le dirigieron sus jóvenes lectores); otros han buscado al cristiano defensor de la fe que, en Mero cristianismo y Cartas del diablo a su sobrino ofrece agudos argumentos contra los escépticos y da claves a los creyentes para entender su propia fe; finalmente no han faltado quienes, al margen de compartir o no las ideas y gustos de Lewis, lo han reconocido como un gran crítico literario. Por supuesto debe haber quien lo admire por sus tres facetas, pero me parece más raro e improbable.

De este y otros mundos es una recopilación, a cargo de Walter Hooper, amigo del autor, de ensayos sobre literatura fantástica aunque, alguno escapa a esa temática, como el dedicado a la enseñanza en las escuelas (Partenón y el optativo) que, por cierto, sigue siendo actual, o el que trata de la función de la crítica. El resto, sin embargo, trata de literatura fantástica, de fábulas y de cuentos de hadas.

Lewis es un enamorado de esa clase de libros y todas sus reflexiones derivan de ese atractivo que él siente. Eso lo hace más interesante y verosímil porque no necesita colocarse en la ficción de un tribunal al que ha de someterse la obra, sino que escribe desde su experiencia de lector que, además sabe, y mucho, de literatura. Se queja con razón de que la literatura denominada “infantil” carece de prestigio y por ello recuerda en varios artículos lo que decía Tolkien (compañero suyo en el club de los Inklings), que la literatura fantástica fue arrojada al cuarto de los niños cuando se cansaron de ella los adultos. Por eso dice: “no hay libro que merezca la pena leer a los diez años que no sea digno de ser leído (y con frecuencia mucho más) a los cincuenta”, o que “un relato infantil que sólo gusta a los niños es un mal relato infantil”.

Para él los relatos fantásticos lo que hacen es construir mundos nuevos que salen del estrecho campo que nos depara la realidad pero, al mismo tiempo, abren grandes perspectivas al espíritu. De ahí su preferencia personal por los otros mundos, los que él intentó en la trilogía de Ransom (Lejos del planeta silencioso, Perelandra, Esa horrible fuerza) y consiguió como nadie Tolkien en El Señor de los Anillos (que por cierto gusta más a los adultos que a los niños).

Es el atractivo que se entrevé en el nuevo mundo lo que cautiva al lector. De ahí que critique la técnica cinematográfica de jugar con la emoción o que considere una mala novela Los tres mosqueteros porque, precisamente, son una simple sucesión de hechos, entretenidos, pero que no tejen ningún mundo. Agudamente señala que cuando Dumas sitúa la acción en Londres no se ve en qué se distingue esa ciudad de París.

Este grupo de ensayos aporta luz para la reflexión sobre el sentido de la narrativa fantástica y aporta luces de por qué, en nuestro tiempo, está en decadencia. Puede ser que se haya abusado de ella como vehículo de moralización, que se la haya despreciado por considerarla poco adecuada para el lector adulto o que, simplemente, nadie se haya dado cuenta, como dice Lewis, de que hay cosas que sólo pueden contarse recurriendo a la forma de los cuentos de hadas. Lewis nos dice que la literatura fantástica hay que tomársela en serio. Él lo ha hecho en estos ensayos, y nos invita a seguir reflexionando sobre ello.