¿El arte a la deriva?

Pop Art, Minimal Art, hiperrealismo... El arte moderno, desde la brecha abierta por Marcel Duchamp, parece explorar sus propios límites y adminitir lo inaudito. Desde el primer ARCO celebrado en Madrid en al década de los ochent, un riguroso análisis de al evolución de la plástica, y la oportunidad de comprender el sentido de las obras que, sean arte efímero o cultura basura, no hacen más que echar por tierra las nociones tradicionales de pintura y escultura. Para entendidos y para quienes aspirar a entender.

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2004
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Cuesta encontrar un libro sobre arte que parta de una premisa tan sencilla como verdadera: el arte moderno, si es que ya no lo ha hecho, está a punto de desaparecer. Este es el presupuesto de este sencillo y breve libro sobre el arte moderno.

Las vanguardias artísticas implementaron la autocrítica como sistema, configurando una constante deconstrucción de modelos y escuelas. La modernidad se lanzó a transgredir todo límite y todo principio. El lema de Joseph Beuys, el gran predicador del arte contemporáneo, proponiendo borrar los límites entre el arte y la vida, produjo el reinado de la anarquía de criterios para constituir la obra de arte. Liberado de límites y normas, el arte moderno no ha producido nada digno de consideración. Más bien, como señala Jean Baudrillard en El complot del arte (1999): «La mayor parte del arte contemporáneo se dedica exactamente a apropiarse de la banalidad, el despojo y la mediocridad como valor y como ideología».

Llegar hasta donde hemos llegado ha sido posible gracias a un largo camino de deconstrucción artística. El camino se inicia con un proceso de desacralización del arte que fue iniciado por Marcel Duchamp. Se propuso entonces que el arte no debía estar circunscrito a determinados temas ni a determinadas elites artísticas. Duchamp puso de moda sus ready made: «Objetos manufacturados elevados a la dignidad de obra de arte». El primer ready made de Duchamp se trataba de una rueda de bicicleta atada a un taburete de cocina. A ello le siguieron urinarios, palas. Cualquier objeto cotidiano pudo ser considerado en sí mismo obra de arte.

El resultado más espectacular de la aplicación de este principio fue la aparición, a principios de los 60 del siglo XX, del «Pop art», centrado en lo banal y cotidiano. Con el «Pop art» las hamburguesas, los coches o las latas de cerveza se convirtieron en los objetos protagonistas de las obras de arte.

Al Pop art le sustituyó el minimal art. Esta corriente artística es fruto de una serie de ensayos que reivindicaban la pintura como mero objeto físico. Aparecieron cuadros como «Tundra» de Barnett Newman en el que toda la tela estaba uniformemente pintada de naranja excepto algunas tonalidades diferentes. Durante unas décadas el arte minimal se convirtió en el refugio de artistas que no sabían pintar y se limitaban a pintar el lienzo de un solo color.

En la arquitectura el arte minimal se concretó en obras basadas en formas geométricas simples que no representaban ninguna imagen. Los escultores minimalistas encargaban sus obras a fábricas y trataban de no participar en el proceso, para que en la obra no hubiera «ningún rastro de humanidad». El arte minimalista contaminó todas las artes incluso la arquitectura. Las modernas plazas duras que invaden actualmente las ciudades son fruto de este espíritu minimalista.

Al arte minimal le siguió el arte conceptual. El arte conceptual planteó que lo más importante no era el material artístico, sino la idea. La figura más destacada de esta corriente es Joseph Kosuth. Su obra más famosa se titula «Una y tres sillas». Y consiste en un papel con la definición de silla, una silla cualquiera y una fotografía de una silla.

En la medida que el arte se iba disolviendo su valor ha ido aumentando. En los años 80 el mercado artístico se convirtió en tal negocio que los circuitos tuvieron que inventar nuevas promesas artísticas. Cualquier mediocre pintor lo suficientemente audaz podía ser lanzado a la fama por un mamarracho de pintura.

A partir de los ochenta se inventan etiquetas como «neoexpresionismo», «neo-pop» o «neo-geo». Son simples «marcas» que permiten seguir vendiendo la idea de un arte moderno y creativo. Pero tras cada etiqueta sólo hay artistas mediocres que satisfacen las necesidades del mercado. Peter Halley llenó las galerías norteamericanos con cuadros que representaban figuras geométricas, representando asi el «neo-geo» (neo-geometría). Robert Gober endosó por fabulosas cantidades de dinero fregaderos y lavabos a los ricachones neoyorquinos. Jeff Koon se «forró de pasta» con su serie de aspiradoras encerradas en cajas de metacrilato.

A lo largo de los 90 eclosionaron las performance. Los artistas se plantearon que la obra de arte no debía quedar materializada más que en una acción del artista original e irrepetible. Parte de la esencia de esta acción debía ser provocadora. Kiki Smith se hizo famosa por su obra “Cuento” consistente en poner en escena un maniquí que dejaba a su paso un rastro de excrementos. El más veterano de los trasgresores es el austriaco Damien Hirst. Se dio a conocer en España con una obra consistente en una caja de cristal que contenía una nube de moscas revoloteando alrededor de una cabeza de vaca en descomposición. Otro de los elevados a la fama por la crítica es Chris Ofili con obras como la pintura-collage elaborada con excrementos de elefante.

¿Qué ha quedado del arte? ¿Cuál será su futuro? La autora de esta obra nos lo señala: «Es posible que la desacralización del arte haya llegado a su límite . Entonces, ¿por qué no reivindicar su carácter sublime, en contraposición al materialismo imperante en nuestra sociedad?».

Javier Barraycoa (www.forumlibertas.com)