El color de los ángeles

Murillo, el más famoso pintor de ángeles, se ve envuelto en una oscura trama en la turbulenta, y a la vez devota, Sevilla del siglo XVII.

Un día de enero de 1682, Bartolomé Esteban Murillo cae desde el andamio en el que pinta un cuadro. Obligado al reposo, se refugia en el recuerdo de su vida remontándose a su niñez y adolescencia en la aún poderosa Sevilla, ciudad que poco a poco entrará en su decadencia. Asolada por las riadas del Guadalquivir o por las epidemias, como la de la peste en la que el pintor pierde a sus tres hijos mayores. Una Sevilla devota y lujuriosa, que se disfraza de la falsa alegoría de su glorioso pasado.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2017
352
978-84-08-17112
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Agosto, 2018

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Novela histórica sobre la vida del pintor sevillano barroco Bartolomé Esteban Murillo (1618-1682), cuando se cumple el cuarto centenario de su nacimiento. Dividida en tres grandes partes (Veladuras, Naturalezas muertas y Claroscuros), la acción comienza cuando, en enero de 1682, el pintor cae desde un andamio mientras retocaba un enorme lienzo sobre los "Desposorios de Santa Catalina". Durante la convalecencia, Murillo rememorará los momentos más importantes de su vida, desde su infancia hasta el tiempo presente de la trama. Así, en primer lugar, recuerda los años de su niñez (era el menor de 14 hermanos), las relaciones familiares y, especialmente, con su padre cirujano-barbero del que aprendió a fijarse en los tonos de la piel, para diferenciar desde el color de los recién nacidos que huelen a ámbar y leche con miel (sus ángeles), hasta el grave y despiadado color de la muerte, el negro tan lleno de diversos matices. Así comenzó un largo período de aprendizaje para este pintor del que se llegó a afirmar: “Ningún artista había pintado de tal forma el color”.

A lo largo de la obra y de forma muy acertada, se van “entretejiendo” los hechos más importantes de su vida (formación, éxitos, encargos, matrimonio, nacimiento de sus hijos), junto con reflexiones del artista en torno a su pintura, así por ejemplo destacan algunas técnicas pictóricas que se fusionan con los recuerdos vividos: el estudio de la luz, de las veladuras, de los pigmentos y sus mezclas, del sonido del viento (Tintoretto) o del silencio de los santos. De la misma forma, Murillo se pregunta sobre su iconografía y se cuestiona la elección de algunos modelos: sus propios hijos retratados como ángeles, el rostro de su esposa y de jóvenes doncellas para las santas, gente del pueblo para habitar el cielo; porque el secreto de su pintura y quizá de su éxito estaba en copiar del natural: “Miraba a la tierra para pintar el cielo” (p. 80). Pero Murillo sintió muchas veces remordimientos, embargado por dudas y miedos a Dios, porque representaba seres divinos como simples mortales: ¿quizá a veces había pecado con sus cuadros?

Y como tapiz de fondo de esta intensa biografía, está la ciudad de Sevilla con sus claroscuros: una espléndida ciudad que en el siglo XVII vive de las luces de su reciente pasado y de las sombras que acechan su presente. La autora Eva Díaz Pérez, que conoce profundamente la urbe (a la que ha dedicado ya varias novelas), hace una magnífica descripción de los barrios y sus casas, de las calles y los mercados, de las iglesias y sus plazas, del río y su puerto, una mezcla de la braveza y de la picardía del reino, cuna de santos y nido de herejes. De ahí los “claroscuros” del último capítulo, en los que se presenta un asunto turbio de homosexualidad, donde se ven involucrados algunos señores de la nobleza.

Con un lenguaje rico y un vocabulario preciso, adecuado en muchos momentos a la prosa barroca y al léxico del Siglo de Oro, se construye un relato sobre la vida de Murillo, basado en hechos reales junto a otros ficticios, donde éste brilla con la maravillosa luz de sus cuadros: un hombre bondadoso y devoto que supo transmitir con su obra una religiosidad amable que hacía sonreír y seguir el ejemplo místico (hasta nuestros días).