El corazón de las tinieblas

Un clásico del poder hipnótico, en la voz del narrador embarcado hacia el corazón de África, en donde un agente inglés ha enloquecido entre la barbarie y la miseria de la colonización europea.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2005
250
978-84-376-2255
2012
192
978-84-206-6980
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4
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Imagen de Azafrán

Joseph Conrad, nacido en 1857 en Polonia como Josef Teodor Konrad Korzeniovski, era hijo de un noble. Huérfano a los 12 años, abandonó su país natal ocupado por los rusos, y a los 16 años se trasladó a Marsella. Navegó en barcos franceses. Más tarde se enroló en la marina británica, se nacionalizó inglés en 1886 y cambió su nombre. Siguieron diez años en los que navegó mucho, sobre todo por Oriente.
Conrad viajó, en 1890, al corazón de África, y siguió el cauce del río Congo. Entonces se llamaba Congo Belga. Después de su independencia, República Democrática del Congo. Luego, Zaire. Ahora ha recuperado el nombre anterior. Un lugar legendario y sangriento que todavía lo sigue siendo hoy.
Entonces Conrad era oficial de la marina mercante británica. Fue testigo de espantosos horrores cerca de lo que hoy es Kinshasa, y a finales del siglo XIX era Leopolville en honor al rey belga. Más de diez años después, el escritor recordaba a Mr. Kurtz, uno de los agentes de ese monarca; un tipo desalmado que esclavizaba a los nativos, los torturaba, exponía sus cadáveres empalados para público escarmiento. Mientras tanto, acumulaba una gran fortuna. Uno de los horrores colonialistas que contribuyeron a la angustiosa situación del África central de ahora mismo.
En 'El corazón de las tinieblas' se narra el viaje por el río Congo de Marlow, un capitán de barco mercante. Cuenta, él mismo, a su tripulación, la vez que dirigió una expedición a la impenetrable jungla. La oscuridad de la selva durante el día, la oscuridad de la noche y la ceguera de la niebla son imágenes de la sima moral en la que se encuentran los implicados en el saqueo del marfil a los aborígenes. Mr. Kurtz, el agente que se ocupaba de conseguir el marfil de los cementerios de elefantes, ha dejado de enviar mercancía. Se sospecha que pudiera estar enfermo. Pero la envidia de los otros agentes, que no consiguen de los habitantes de la selva tanto marfil como Kurtz, les lleva a poner trabas a Marlow, el enviado de la empresa, y retrasar así una expedición en su ayuda. Desearían que a su llegada estuviera muerto y así hacerse con las influencias que pudiera haber conseguido Mr Kurtz en Europa.
La envidia es ciega como lo es la avaricia. Mr Kurtz maltrató a los negros del Congo, y explotó tanto su fuerza física como su ignorancia imponiéndoles un trato de sumisión como si fuera una deidad. Y la avaricia de los otros agentes es tan grande que se apoderan de las pertenencias de Kurtz –beneficios de su actividad mercantil- y procuran que no llegue vivo de regreso.
El encuentro de Marlow con él supondrá un cambio de vida del ya viejo marino, que es capaz de distinguir la codicia y la miseria de los otros agentes y presta su apoyo a Kurtz, aún a sabiendas de que es culpable del trato bárbaro a los nativos. Le ayuda y recibe el ruego del moribundo de custodiar unos papeles.
Kurtz muere sintiendo el horror del mal que había infligido a los nativos; el horror del saqueo que supuso el trapicheo de mercancías fraudulentas a cambio del marfil; el horror de su aniquilamiento personal, moral y físico.
De regreso a Europa, Marlow entrega un informe sobre la tragedia de los nativos del Congo a la prensa, escrito por Kurtz, para que lo hagan llegar a la población europea y un paquete de cartas a la mujer que le esperaba para casarse con él. Ella pide a Marlow que le diga cuáles fueron sus últimas palabras. Marlow no se siente lo suficientemente fuerte como decirle que fueron precisamente “¡horror, horror!”. Ante el dolor de la mujer le asegura que Kurtz, lo último que dijo fue su nombre.
Conrad nos ofrece un análisis, en estas 140 páginas, del horror al que conduce la conducta del hombre que pone en las riquezas su corazón y se olvida del respeto al ser humano como tal, aunque esté en unas circunstancias en las que la ley civil no llegue a alcanzarle o a condenarle; aunque no exista ninguna ley civil que le obligue a respetar al otro como a sí mismo, sin importar el color de la piel, la edad o el sexo.

Imagen de mikolaj

JĄDRO CIEMNOŚCI
Józef Conrad. Colección Austral. Madrid 2001

Un barco mercante inglés hace la travesía del río Congo para buscar a un agente de una compañía marfilera. El capitán del barco, responsable del rescate describe la presión que ejerce la selva, la humedad y el asfixiante calor en el comportamiento de los protagonistas. Algo pesimista y melancólica. Fue la base para la escena del capitan Kurtz en Apocalipse now. Se lee con interés.

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Desde muy joven, Joseph Conrad se sintió atraído por el continente africano y por las aventuras que, supuestamente, aguardaban a aquellos que tuvieran el valor de adentrarse en la espesura de la jungla. El contacto con la realidad del Congo, colonia personal del rey Leopoldo II de Bélgica, cambió, sin embargo, la situación radicalmente. El sistema esclavista, el estado de terror, barbarie y genocidio instaurado por los representantes del rey belga para asegurar la supervivencia del sistema de control de unos pocos europeos sobre millones de africanos, le supuso no solo experimentar una decepción de sus ilusiones infantiles, sino un serio revés en su salud física y psíquica. Esta experiencia africana marcó fuertemente la composición de «El corazón de las tinieblas». Desentrañar la complejidad de esta novela, con un estilo narrativo innovador para su época y una temática claramente ambigua, ha sido objeto y tarea de numerosas propuestas que la han convertido en piedra de toque de algunas de las teorías literarias más destacas de las segunda mitad del siglo XX: desde el "New Criticism" y moralismo formal, a las teorías psicoanalíticas, el feminismo, el postestructuralismo o postcolonialismo, entre otras, en las que, a menudo, se recurre al motivo del viaje; una alegoría mítica con una recreación indirecta del mito del viaje a los infiernos, con una confrontación ética entre el bien y el mal, o con una ascensión espiritual al conocimiento trascendente.

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Esta breve y magnífica novela, publicada en 1902, recoge la experiencia del autor en un viaje por el río congo, en la época de la colonización belga. Por boca del capitán Marlow, que relata a un grupo de compañeros la extraña expedición que realizó años atrás a través de la selva africana, Conrad construye una atmósfera asfixiante y ambigua, en la que la naturaleza aparece como una fuerza indómita siempre lista para vengarse del colonizador avaro. Marlow pilota un vapor que debe rescatar al agente comercial Kurtz, que se encuentra río arriba gravemente enfermo. Desde su llegada al Congo, Marlow percibe el mal: "Un tufo de estúpida rapacidad lo envolvía todo, como el aliento de un cadáver". El comercio de marfil ofrece espectaculares ganancias, y Kurtz es el agente más productivo, envuelto en un galo de misterio. Durante casi toda la novela, Marlow oye hablar de Kurtz en términos de admiración o de odio, de modo que sus deseos por conocerle se acrecientan: Kurtz, "que había recogido, trocado, timado o robado más marfil que todos los demás agentes juntos", es el prototipo de blanco capaz de doblegar la oscuridad de la selva y del mundo prehistórico: se acerca a los salvajes "con el mismo poder que una deidad". Marlow, ya frente a Kurtz, cree apreciar signos de adoración en los africanos que le sirven y deja entrever horribles ritos. Subyugado, le acompañará en sus últimos momentos, sin dejarse arrastrar por su elocuencia, que oculta en realidad "la estéril oscuridad de su corazón". En estas páginas magistrales, Conrad llega al corazón de la naturaleza en estado puro, que espera agazapada tras las tinieblas para herir sin piedad al intruso.