El hábito de ser

Podría conducir a error el título que se ha dado a este texto de Flannery O’Connor si se interpretase como una descripción rutinaria del ser. Muy al contrario, cuando nos adentramos en sus páginas, encontramos una ardiente y poco habitual personalidad.

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2004 Sígueme
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El hábito de ser es la recopilación de las cartas de Flannery O’Connor a diferentes destinatarios desde 1948 hasta pocos días antes de su muerte, en 1964. La personalidad que las firma podría ser calificada de fascinante, sorprendente o incluso extraña, pero no como alguien habitual. La responsabilidad del título no es de la edición española, ya que traduce, literalmente, el que quiso darle Sally Fitgerald, albacea de la sureña y editora de algunas de sus cartas. Pero clarifiquemos su sentido, Sally Fitzgerald no considera la acepción de hábito como algo acostumbrado mecánico y cansado sino que lo define como atributo de la inteligencia y disposición para el arte, dos de las cualidades de la autora de estas cartas. Aún siendo así, estas aptitudes que, sin duda caracterizaron a la escritora, se nos desvelan con tal fuerza e ímpetu, a veces desordenadamente y otras con el humor desbordante de su mirada, que resulta difícil aproximarse a ellas bajo el título que su amiga quiso darle a la obra.

Desde una lejana esquina del mundo, la granja llamada "Andalusía" en el profundo Sur de los Estados Unidos, su comunicación con editores, escritores y amigos fue fundamentalmente epistolar. Entre los pavos que criaba, la compañía de su madre Regina, esforzada granjera, y los empleados de la granja transcurrió casi toda su vida. Una existencia de aparente reclusión que, sin embargo, halló el horizonte necesario en su rico mundo imaginario y en las relaciones que mantenía a través de las cartas. Flannery O’Connor fue una orgullosa sureña, cuyo territorio amó y reflejó en su grotesca caricatura y en su grandeza religiosa; una fabuladora de lo grotesco, sus personajes ridículos son señal de ese drama de cualquier criatura que aspira al infinito y se descubre finita; y convencida católica siempre dispuesta a verificar el realismo de la fe. Con El hábito de ser se nos abre el inmenso universo de una autora. Y con ella esa serie de "mundos breves e infinitos", como los ha llamado M. Broncano, los geniales relatos "Un hombre bueno es difícil de encontrar", "La espalda de Parker" "La buena gente del campo" o "El negro artificial", entre otros. Todos mundos que nacieron de la pluma de una imaginación soberbia, una magistral capacidad de observar la experiencia y una búsqueda incansable de la unidad del relato. Asistimos a la confesión de los procesos de creación de muchos de ellos y a las confidencias que a amigos les fue haciendo sobre la laboriosidad con la que construía sus relatos, al mismo tiempo, nos da valiosísimas claves para su interpretación.

Es difícil señalar con pocas palabras toda la riqueza de estas más de 400 páginas de cartas. Pero una lectura posible, sería la de atender a las que dirige a una joven escritora, A., -en realidad Betty Hester- porque a través del recorrido de esta relación vamos conociendo el sentir y el pensar de Flannery O’Connor como punto de confluencia de tres vértices: la bondad de su escritura ("Escribo porque escribo bien" , p. 116), la capacidad para mirar la experiencia hasta llegar al misterio y el consciente agradecimiento que sintió a la educación de la Iglesia, de la que se sentía verdaderamente hija ("... mi propia obra (...) es en primer lugar un don, pero la dirección que ha tomado procede del efecto en mí de la iglesia o de la enseñanza de la iglesia, no de la impresión personal o del amor de Dios", p. 91).

Su grandeza y genialidad reside en que estos tres vértices son los extremos de una apretada trenza; es en esta personalidad en la que la experiencia del arte, la seriedad con sus intereses y la fe en el acontecimiento cristiano se hacen una sola cosa. Así su vida y obra son expresión de una mujer que vivió en las entrañas del siglo XX, mundo que amó profundamente -sus relatos son testimonio de ello-, pero del que fue libre y, por ello, desde su atrevido humor, a veces cómico y otras trágico, sacudió al mundo.