El Héroe

Es el primero de los libros editado por Baltasar Gracián. En él procura, como tantos otros humanistas lo hicieron con anterioridad, describir el modelo de hombre desde su concepción histórica y política del mismo.

Ediciones

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2003 Castalia
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Antonio Bernat Vistarini y Abraham Madroñal Durán (eds.)

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La primera obra publicada por Gracián (1637) está dedicada a Felipe IV, modelo de héroe del autor tanto por su profesión (político y gobernante) como por las virtudes que a lo largo del libro predica de quien merece tan distinguido título. Para los amantes y defensores de la ingenuidad este libro puede resultar insidioso, pues como afirma de modo más rotundo en "El Discreto", no hay simple que no sea malicioso.

La prosa barroca de Gracián todavía no es tan extrema como en libros posteriores, sin embargo el abuso de artificios y retórica anuncian ya al que será considerado, con Quevedo, el máximo exponente del conceptismo.

Es curioso advertir en un autor autoproclamado "antimaquiavelista" la innegable influencia del autor de "El Príncipe"; entre las cualidades que destaca muchas aparecen en el autor italiano, y así, la agudeza, el entendimiento, el arte de saber ocultar los defectos y realzar las virtudes aparecen de forma muy similar en ambos autores. Pero para Gracián, y aquí sí hay diferencias, el héroe debe ser afable, cortés y educado, tanto en el hablar como en el obrar, debe ser amado y no temido, magnánimo de corazón a la par que realista, y por eso debe buscar siempre empresas políticas plausibles, de éxito probable. Jamás debe ser afectado y cultivar el buen gusto, más por la importancia que tienen las apariencias que por otros motivos más nobles. Otra cualidad que destaca es la del conocimiento propio, pues como dice en "El Discreto", no hay nada más sencillo que el conocimiento ajeno y complejo que el de uno mismo. Y ante todo, destaca en el héroe el esfuerzo y la virtud, desde una visión cristiana.

Hay quien ha criticado a Gracián de hipócrita por este libro, pues junto a la prédica de cualidades que en el fondo no son sino un "arte para la apariencia", dedica un capítulo a la virtud, siendo éste el último y que invalidaría alguno de los anteriores.