El último barco

La hija del doctor Andrade vive en una casa pintada de azul, en un lugar donde las playas de olas mansas contrastan con el bullicio de la otra orilla. Allí las mariscadoras rastrillan la arena, los marineros lanzan sus aparejos al agua y quienes van a trabajar a la ciudad esperan en el muelle la llegada del barco que cruza cada media hora la ría de Vigo.

Una mañana de otoño, mientras la costa gallega se recupera de los estragos de un temporal, el inspector Caldas recibe la visita de un hombre alarmado por la ausencia de su hija, que no se presentó a una comida familiar el fin de semana ni acudió el lunes a impartir su clase de cerámica en la Escuela de Artes y Oficios.

Y aunque nada parezca haber alterado la casa ni la vida de Mónica Andrade, Leo Caldas pronto comprobará que, en la vida como en el mar, la más apacible de las superficies puede ocultar un fondo oscuro de devastadoras corrientes.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2019
700
978-84-17624-27
Valoración CDL
3
Valoración Socios
3
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Comentarios

Imagen de JavierCanals

Un éxito editorial preprogramado. La maquinaria publicitaria que ha lanzado este libro es un ejemplo de cómo funciona hoy en día el mundo editorial. El autor lo conoce, conoce el mundo de la prensa y de los medios, y sabe cómo preparar una entrada en el mercado. No quiero con ello quitar mérito al libro, ni mucho menos, pero tengo que reconocer que me ha irritado un poco el peso mediático. Las dos novelas anteriores me gustaron mucho, y este es el motivo por el que me enfrenté a las 700 páginas de la novela.

Los protagonistas son conocidos, especialmente el inspector Leo Caldas, su ayudante Estévez, otros miembros de la comisaría y el locutor de la emisora local que dirige la emisión radiofónica en la que Caldas se enfrenta a las preguntas de radiooyentes. Todo este escenario, con el fondo de la ría de Vigo, sirven de paisaje y de tramoya a una narración que comienza lenta, va acelerando y acaba en una sucesión imprevista de acontecimientos. Las conocidas citas lexicográficas interrumpen como de costumbre la narración a modo de "running gag". Según el propio autor, cada capítulo tiene una cierta entidad propia. En la práctica, la separación resulta a veces artificial y molesta.

La trama: un prestigioso cirujano acude a la comisaría a denunciar la desaparición de su hija Mónica, de unos 30 años de edad, profesora de cerámica en una escuela local de artes y oficios. A primera vista no parece motivo para iniciar una investigación, pues no hay huellas de violencia. El cirujano hace valer toda su influencia para que se investigue el asunto. A lo largo de muchas páginas van apareciendo personajes que pudieran estar implicados, desde un inglés, fotógrafo aficionado a las aves, hasta los contactos en la Escuela y Camilo, un joven "especial" con dificultades de comunicación que vive cerca de la desaparecida.

Los posibles móviles, la insistencia del cirujano, las dificultades para obtener información objetiva y la intuición del inspector van guiando a bandazos un proceso en el que suceden los sospechosos a un ritmo vertiginoso. Las particularidades de la investigación policial, con el papel de la justicia, el paisaje de la ría de Vigo, el viñedo del padre de Caldas y la supuesta reticencia a la comunicación directa que hace sufrir al aragonés Estévez son otros elementos de una novela en general agradable de leer, pero nada más. El desenlace me parece algo forzado.

El baremo de valores de los protagonistas refleja el Mainstream. Además de la ausencia de referencias religiosas, salvo los entierros y una aparición escénica de un cura, me han llamado la atención el ambiente de promiscuidad, incluyendo al inspector, y dos referencias, una de Estévez y otra de la madre de Camilo, en las que se alude al diagnóstico prenatal para "evitar una vida de sufrimiento" a jóvenes con supuestos "defectos". Esto va acompañado de aspectos muy positivos, incluyendo la solidaridad con los parados, con un mendigo ilustrado y con el entorno natural. Novela recomendable para los aficionados al género negro en su estilo moderno, aunque pienso que no llega a la categoría de Vargas, Lemaitre y otros.

 

 

 

Imagen de enc

Las anteriores novelas de Domingo Villar me habían gustado, por lo que no he podido resistirme a una nueva publicación de este autor; sin embargo "El último barco" me ha desilusionado. Veamos porqué.

Pienso que el problema está en sus setecientas páginas. Un saco enorme en el que el autor ha metido todo y de todos. Por molestarme me han molestado hasta los Agradecimientos. En estos el autor confiesa ingenuamente de dónde ha extraído sus personajes, cuáles son reales y cuáles de ficción, cuáles han sido sus dudas y quién le ha ayudado a superarlas. La narración es lineal, siempre el inspector Caldas y sus colaboradores que van tropezándose con una y otra dificultad. Setecientas páginas son demasiadas para una narración lineal; al final uno sólo desea que el asesino sea cualquiera y terminar.

En anteriores novelas del autor destaca la localización y el ambiente -no puedo olvidar en "Ojos de agua" la descripción de la isla Toralla bajo un cielo gris; parecía que estuviera yo allí-. En ésta, la localización es algo dispersa: la Escuela de Artes y Oficios de Vigo donde trabajaba la víctima -Mónica Andrade- y su residencia en Tirán, Moaña, al otro lado de la ría. El título de la novela hace referencia a la última lancha de pasajeros que, cada día, atraviesa la ría hasta la esa localidad.

Si los escenarios son dispersos los sospechosos del crimen lo son todavía más: son sospechosos tan fácilmente como dejan de serlo. El policía da palos de ciego y el resultado es una investigación poco creíble. No quiere decirse que algunos personajes no estén acertados, aunque no nos guste cómo los hace evolucionar el autor. Podríamos citar al mendigo Napoleón, al inglés vecino de Mónica o a los desdichados Camilo Cruz y su madre. Son personajes sólidos, convincentes.

Otros protagonistas evolucionan o incluso desaparecen a lo largo de la novela: el doctor Andrade, padre de la víctima, comienza como una fiera y termina como un cordero; a la madre de Mónica el autor nos la cuela en el corazón para no volver a citarla más; y al periodista Santiago Losada lo dibuja de manera negativa para olvidarlo después. Hay otros personajes sobre los que la novela atraerá nuestra atención sin necesidad.

Domingo Villar tiene muy buenas intuiciones, pero parece que no pensara que tiene que escribir más en el futuro y que sería bueno guardar algunas para más adelante. Decía Hemingway que hay que escribir mucho para lograr algunas novelas buenas. Una obra fallida no tiene ninguna importancia, pero molesta más al lector si se prolonga durante setecientas páginas.

Imagen de polvorista

Tercera novela del personaje de Domingo Villar, Leo Caldas, inspector de policia de Vigo. Esta vez tiene que investigar la desaparición de una mujer de unos 30 años, hija de un conocido cirujano de Vigo, profesora de cerámica en una escuela de Artes y oficios. En mi opinión la más elaborada y emocionante de las tres. Sabe conjugar personajes, ambiente y trama de una manera notable y los diálogos sobresalientes. Sigo pensando que el personaje de su ayudante está representado algo exagerado o estridente.