Hijos de un rey godo

Continuación de "La Reina sin nombre", el mundo de los godos en España se desarrolla con nuevos datos y personajes. De un gran interés por lo que supone de conocimiento de épocas antiguas, la autora consigue dibujar con detalle unos personajes que han existido pero de los que sabemos muy poco. Una novela repleta de aventuras acerca del esplendor del reino visigodo: una historia en la que el amor, la camadería, el remordimiento, la venganza y el afán de poder se entrelazan para conformar un rompecabezas en el que todo finalmente encaja.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2009
608
2011
640
978-84-9872-477
Valoración CDL
4
Valoración Socios
3.545456
Average: 3.5 (11 votes)
Interpretación
  • No Recomendable
  • 1
  • En blanco
  • 2
  • Recomendable
  • 3
  • Muy Recomendable
  • 4

11 valoraciones

Comentarios

Imagen de JOL

Segunda novela de la autora sobre esta época poco conocida. Vemos cómo se desenvuelve la vida de los hijos de Leovigido yh de la Reina sin nombre, Hermenegildo y Recaredo. Hay mucho inventado, como no podía ser de otro modo, sobre algunos puntos exactos de la historia, pero lo oscuro es mucho. Gudín lo explica al final del libro, para poner las cosas en su sitio. Siempre queda la incógnita de si el lector ha conocido mejor la historia o no, me inclino por lo segundo. Es el riesgo de la llamada novela histórica, más novela que historia.

Destaca en la autora su visión amable y humana de los personajes, aun de los peores. Hay muchas casualidades o providencias, sin las cuales no habría novela, pero resultan increíbles, como el encuentro de Hermenegildo con la familia de Leandro e Isidoro, o el de Ardabasto con Nícer y Liuva.

Finalmente, una sugerencia para esta y otras novelas históricas. Es una verdadera lástima la pobreza de mapas y genealogías. Gudín pone dos genalogías, tres mapas y, lo más útil, un Glosario de personajes. Éste es últil, pero el de Ongar es penoso y confuso. El lector hecha en falta media docena de mapas, más detallados y con referencia a lo que va leyendo. También más genealogías en detalle, y otros aspectos. Finalmente el abuso de relatos dentro del relato, por ejemplo la carta que lee Xwinthila a Liuva ocupa muchas páginas y el lector ya no sabe si es la carta (mucha carta resulta) o el relato de la autora. Lo mismo se repite demasiadas veces. Todo eso rompe el ritmo y desconcierta. Estas observaciones no pretender minisvalorar esta buena novela, y sí ayudar a la próxima.

Imagen de Azafrán

Esta nueva novela histórica quiere ser el volumen segundo de una trilogía. Tras haber acompañado a la joven Reina de los godos, la reina sin nombre, el lector tendrá la oportunidad de averiguar el destino de los hijos de Leovigildo y de la Reina sin nombre: Hermenegildo y Recaredo, cuyas vidas se desenvolverán en escenarios geográficos diferentes pero cuyo telón de fondo será el devenir de una copa misteriosa.
Seguimos a los dos hermanos en sus batallas por aunar los territorios peninsulares. Asistimos a la lucha contra los pueblos del norte, los lugones que pueblan el valle de Ongar. En esas confrontaciones Recaredo conocerá a Bado, la hermana del líder Nicer, ambos hijos del primer amor de la que sería la Reina sin nombre, Aster. Precisamente Nicer había nacido de aquel primer amor. Pero la joven, sacrificó su amor y abandonó a su hijo Nicer, cedió a los deseos de Leovigildo para evitar la destrucción del pueblo Lugón.
Leovigildo se casó con una joven embarazada y adoptó al que sería Hermenegildo como si se tratase de un hijo propio. Necesitaba una descendencia rápida para reafirmarse en el trono. Después nacería su hijo Recaredo. Sin embargo, una vez resuelta su confirmación en el trono abandonó a su esposo y continuó su relación con su amante la que luego se convertiría en reina, tras envenenar a la Reina sin nombre. Los niños no entendieron el sufrimiento de su madre, su soledad, su muerte, hasta muchos años después. Pero prometieron a su madre antes de morir que recuperarían la copa de los cántabros y la devolverían a Ongar: una copa que aseguraría la paz de los cántabros, la copa del poder y la sabiduría.
Enterado Leovigildo de que la existencia de esa copa era real, pidió a sus hijos la destrucción de los cántabros y que le entregasen la copa.
La primera parte de esta novela nos presenta a Swithila, el segungo hijo de Recaredo, que viaja a Ongar en busca de su hermano mayor, el que fue Liuva II rey de los godos. Fue rey a la muerte de su padre Recaredo. Pero su debilidad de carácter fue la excusa perfecta para que los nobles le destronasen y le condenasen a la ceguera y a perder una mano. Liuva se refugió en las montañas: la familia de Bado, su tío Nicer, le autorizaron a permanecer entre los montes como un ermitaño. Hasta allí llegó Swithila en busca de una carta póstuma de su madre Bado. En esa carta encuentra la información necesaria para comprender que tan sólo con la copa podrá recuperar el trono que perteneció a su estirpe y derrocar a los usurpadores.
La copa había sido devuelta por Recaredo a los monjes de Ongar y ahora su hijo Swithila la robó con violencia. Este hurto supuso el destierro de Nicer y del ciego Liuva hasta que consiguiesen recuperarla y traerla de nuevo a Ongar.
Swinthila, apoyado en el poder de la copa, consiguió vencer a los Bizantinos que ocupaban Cartago Nova y expulsarlos de la península; venció a los francos y poco a poco, su ambición de poder, le llevó a vivir en un estado de embriaguez y dependencia de la copa del poder. Swinthila se había casado con Teodosinda, hija de Sisebuto el rey que murió en extrañas circunstancias al llegar Swinthila a la corte. Teodosinda ayudó a Liuva a recuperar la copa del poder para alejarla de su esposo Swinthila, y con ello, Swinthila perdió la guerra en cerco a César Augusta, el trono y la libertad.
Pero la copa no estaba completa; le faltaba la pieza original, el cuenco de ónice con el que Jesucristo celebró la última cena. Esa pieza había custodiado Hermenegildo hasta su muerte y Nicer, Liuva y el pretendiente de Gádor, la hija de Swinthíla, buscarán en el sur de la península.
Probablemente el lector se preguntará que hacía la copa de la última cena, el Santo Grial de la literatura europea del Medievo, en la península Ibérica. La respuesta está en el primer volumen de la saga, en La reina sin nombre. Es fácil deducirlo cuando comprendemos que esa joven descendía de Alarico I, el saqueador de Roma. La virulencia con la que los nobles godos solían quitarse de en medio a los monarcas y a sus descendientes directos para acceder al trono explica que los hijos fuesen escondidos junto con objetos y documentos que posteriormente pudieren demostrar su origen regio. La copa iba entre los objetos que acompañaron a la reina sin nombre en su viaje a Ongar. Ella sabía bien la importancia del objeto y pidió al obispo de Mérida, Másona, que guardase la copa y la ocultase a su esposo Leovigildo.
Esa copa, unas veces escondida, otras mal utilizada, siempre ha permanecido en la península ibérica.
Quizás el tema que esta novela desarrolla sea la unificación que supuso, para los habitantes de la península, la unidad de religión. Leovigildo quería un país aglutinado. Para ello tuvo que cambiar algunas leyes, como por ejemplo la que impedía el matrimonio entre hispanorromanos y godos. Leovigildo era arriano. Y gran parte de la nobleza hispanorromana era cristiana y creía en la divinidad de Jesucristo. Leovigildo intentó conciliar a arrianos y cristianos pero la conciliación de distintos credos fue imposible. Hermenegildo resultó ser el hijo díscolo que aceptó la fe cristiana, se convirtió al credo de la mayoría de los hispanorromanos, que era el credo que su madre, la sin nombre, había profesado y que era, igualmente, la religión de los francos. Hermenegildo provocó una guerra civil que perdió y que le costó la vida, pero los sucesivos monarcas aceptaron la fe cristiana y con ello llegó la paz y la unidad a la península del siglo VII.
Una novela histórica que reúne los tópicos de la novela medieval: viajes, objeto misterioso que da la salud o la quita, mensajes escritos, intrigas, etc. El lector disfrutará de una narrativa ágil con un gran dominio de la acción, el espacio y coherencia. Un libro, que como el anterior, podría llevarse al cine y constituirse en un éxito.

Imagen de aita

La autora resuelve dignamente la ambientación de una novela en una época de la historia poco conocida. Las dificultades de Leovigildo, Hermenegildo y Recaredo por alcanzar la unidad de los godos, se expresan con agilidad. La novela tiene ritmo.