Iconografía de los santos

Hoy los alumnos de bachillerato no saben distinguir en un cuadro los santos, las palmas del martirio o que ese sombrero raro es una mitra de obispo...

Europa está, por todas partes, adornada por un arte que debe su principal fuente de inspiración al cristianismo. No hay que olvidar tampoco que, durante siglos, las pinturas, esculturas y, en general, la decoración de las iglesias no cumplían sólo una función ornamental sino también catequética. En aquellos siglos en que gran parte de la población no sabía leer la transmisión de la fe era hecha no sólo mediante la predicación sino también por la iconografía.

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2004
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Imagen de cdl

MacLuhan dijo que habíamos salido de la era de la logosfera para entrar en la del icono, pero en parte no hace justicia al legado histórico que está repleto de imágenes que no sólo eran ilustración de un momento sino que alimentaban los pensamientos de pueblos y generaciones. Cierto que, entonces, la imagen estaba mejor integrada y no resultaba agresiva como ahora. Era más a la medida del hombre.

Esa situación comportaba también una serie de normas y de referentes por los que las imágenes fueran reconocibles fácilmente por quien las observara. Formaban parte de una tradición. Cuando hoy a muchos les cuesta reconocer el significado de un retablo o entender la simbología de un lienzo es signo de que esa tradición cultural se ha roto.

Es sabido que en la actualidad casi ningún alumno de bachillerato es capaz de interpretar la imagen de un santo. No sabe ni siquiera distinguir elementos tan universales como la mitra de obispo o la palma que hace referencia a los mártires. A duras penas unos cuantos son capaces de identificar los personajes del Evangelio. Y esa situación, al margen de intereses políticos e ideológicos, no se puede justificar de ninguna manera.

El libro de Juan Carmona es un pequeño lenitivo a esta coyuntura de deconstrucción cultural. Ofrece un extenso, aunque limitado porque hacerlo completo sería como reconoce en la presentación tarea hercúlea, número de santos con los rasgos que han pasado al arte. Ha seleccionado los más universales y aquellos que están más arraigados en nuestro país. El esquema que sigue n cada uno es simple y pedagógico: breve biografía (tomando los datos de la tradición que han tenido mayor resonancia en los artistas), y descripción de los elementos identificativos. Añade algunas obras de arte más significativas y una bibliografía fundamental.

Hay que agradecer este grano de arena en una época de desconcierto cultural. Entender las obras que nos han dejado y que aparecen por todas partes es una de las maneras de recobrar el sentido de nuestra cultura. No fomentarlo es alimentar el desconcierto.