La exiliada

La novelista Pearl S.Buck escribió por separado las biografías de su padre, "El ángel luchador", y de su madre "La exiliada" (en las primeras ediciones "exilada"). Parece significar con ello que, misioneros en China, a nivel personal no llegaron a coincidir. El fue un idealista embebido en su misión religiosa; ella una mujer vital, muy humana, que siguió a su esposo siempre pendiente de una señal del Cielo que aprobase su sacrificio. Si la figura de Andrew Sydenstrike es admirable, la de Carie Stulting resulta dramática. La muerte de cuatro de sus siete hijos durante la infancia fue una de las claves de su infelicidad. Si Andrew aceptó a China como su nueva patria, Carie sentía prevención -en ocasiones odio- por la ignorancia y la brutalidad de sus costumbres. Añoró siempre América y por eso su hija la califica como "la exiliada".

Caroline Stulting falleció en Chiangkiang, donde fue enterrada, el 21 de octubre de 1921.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
1973
214
84-347-7006-11

Original de 1936.

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En la Exhortación Apostólica Gaudete et Exultate, el papa Francisco habla de los estilos femeninos de santidad y dice: "Me interesa recordar a tantas mujeres desconocidas u olvidadas, quienes, cada una a su modo, han sostenido y transformado familias y comunidades con la potencia de su testimonio" (núm.12). Caroline Stulting fue una de esas mujeres.

La historia de "la exiliada" es la del dolor de Carie Stulting, esposa de un misionero presbiteriano en China, contada por su hija. Para su biógrafa la infelicidad de Carie obedeció a varias causas: En primer lugar a la muerte de cuatro de sus hijitos durante la infancia, que élla nunca aceptó que formara parte del plan de Dios para su vida. Mientras tuvo hijos pequeños, la falta de condiciones higiénicas y sanitarias en China le llevó a vivir en tensión y a comparar negativamente el país con su América natal.

A ello había que unir la falta de estabilidad del trabajo del misionero. Durante sus primeros diez años en China la familia Sydenstriker cambió cuatro o cinco veces de domicilio. Cuando Carie comenzaba a construir un hogar para los suyos surgía la necesidad de trasladarse a un lugar más lejano y difícil. Llegó un momento en el que decidió a permanecer con sus hijos en la ciudad de Chiangkiang e invitó a Andrew a realizar sus desplazamientos solo, sin su familia. Cuando nació uno de los hijos, que moriría posteriormente, el padre tardó dos meses en conocerle.

Andrew y Carie vivían de distinta manera sus vidas e incluso su vida cristiana. Para él su compromiso misionero lo era todo; para ella la conversión de los paganos era sólo un aspecto más de su existencia. Tenía una familia, tenía unos hijos (¡y qué levemente unidos a la existencia!) y tenía que dedicarse a ellos. Para Carie era importante el trato con otras personas, preferiblemente occidentales; para Andrew la convivencia con sus compañeros misioneros no pasaba de ser un incordio, objeto de antipatías mútuas. A ella le gustaban las flores, la música, reir y contar historias, pero no veía a su alrededor más que suciedad, miseria y costumbres bárbaras. Según su hija nunca pidió a los chinos más que "virtud e higiene". Por otra parte había sido educada en el convencimiento de que el disfrute era pecaminoso, lo que le vedaba ciertas actividades lícitas conformes con su naturaleza.

En algunos momentos intentó ayudar a su marido en la labor misional, crear algún tipo de complicidad con él; pero quedó claro que Andrew no deseaba ese tipo de ayuda. En las mismas reuniones pasorales que celebraban los misioneros junto con sus esposas, éstas tenían prohibido abrir la boca. Finalmente Carie se convenció de que ése no era su terreno.

Optó, en consecuencia, por dedicarse a servir a los demás. A su familia como había hecho siempre, pero también a muchos otros que pasaban por su hogar y encontraban en él descanso y consuelo. Compartía con las mujeres chinas el dolor, que élla conocía bien, de perder a un hijo y buscaba una solución cuando se quejaban de malos tratos. Aceptó criar una hija china, cuya madre había muerto. Actuaba como confidente de damas occidentales que vivían situaciones familiares complicadas. Iba en busca de los marineros norteamericanos de paso por la ciudad y les invitaba a merendar y a hablar de América, en vez de gastar su tiempo y dinero en burdeles y borracheras. Por último, en periodos de necesidad renunciaba a cualquier gasto superfluo para dar de comer a los hambrientos que acudían a su puerta.

Para mayor ironía consideraba un santo a su marido porque vivía plenamente su fe, en tanto que élla era una pecadora ya que no le dedicaba tiempo suficiente a la oración y a la lectura de la Biblia. Pasó toda su vida esperando un mensaje, una señal de Dios de que su sacrificio era aceptado, pero esa señal nunca llegó.