La muerte llama al arzobispo

La muerte llama al arzobispo tiene elementos propios de un western: Nuevo México es un territorio de frontera, donde la autoridad está poco asentada, y allí conviven indios, mexicanos, yanquis y hacendados. Pero los protagonistas, que recorren el territorio a lomos de mula, son dos curas católicos franceses, que no buscan riquezas sino revitalizar unas misiones medio abandonadas, armados de evangelio y breviario, aunque también llevan la pistola por si el asunto se pone bronco. Cather recrea la peripecia vital del primer arzobispo de Santa Fe y de su vicario, siguiendo muy de cerca la realidad histórica.

El relato está contado de modo tradicional, cargado de sentimientos, pero sin sentimentalismo, con frases austeras y precisas. Más que una trama novelesca, lo que encuentra el lector es la narración, en forma de episodios, de la aventura evangelizadora de estos dos hombres. Al hilo de su vida surgen en cada capítulo distintos personajes –el explorador, el jefe indio, la dama rica, el cura cismático...–, que forman el variopinto universo humano de un paisaje monótono y áspero.

"Cuanto más tiempo pasaba en el Sudoeste, más me convencía de que la historia de la Iglesia católica era lo más interesante de esa región", escribía Cather para explicar la génesis de la novela. Y, sin duda, la autora ha sabido hacerla interesante. Quizá porque cuando unos hombres se guían por criterios de fe, lo insólito de sus vidas les da un atractivo literario. La muerte llama al arzobispo es también una prueba de que, con documentación y una mirada libre de prejuicios, una persona que no es católica puede entender bien el mundo de un sacerdote y la fuerza civilizadora de la Iglesia, por encima de los defectos humanas. La acertada traducción y la presentación a cargo de Manuel Broncano contribuyen a hacer saborear la obra. Ignacio Aréchaga.
 

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2000
329
978-84-376-1793
Valoración CDL
4
Valoración Socios
3.727272
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Comentarios

Imagen de acabrero

Es más una historia de historias que una novela. Casi todo lo que cuenta está documentado y sólo en algunos casos se supone que inventa algún relato parcial o la exagera. Y verdaderamente no hace mucha falta inventar nada para dejar admirado al lector con las aventuras de estos dos misioneros franceses que se internan en Nuevo México para hacerse cargo de una inmensa diócesis y retomar con fuerza la evangelización comenzada siglos antes por los franciscanos españoles. La mezcla de las historias vividas por estos hombres con la narración de las costumbres de los indios y las maravillosas descripciones del territorio, hacen de este libro algo sin duda único. No cabe duda que la pluma de Cather pone mucho en que la lectura sea fascinante, pero también es verdad que en este caso la escritora americana encontró un filón verdaderamente apasionante. Me he quedado con las ganas de volver a leerlo, síntoma, al menos en mi caso, de que es un libro espléndido, irrepetible. Y vuelve de nuevo la nostalgia de encontrar obras de contenido notoriamente católico, a pesar de que la autora no lo es. Uno de esos libros que a uno le gustaría encontrarse en los autores actuales sin éxito.