Mariana Pineda

José Luis Olaizola ha novelado, con su maestría habitual, la corta vida de esta granadina que nació en 1804. Era hija ilegítima de un caballero de la Orden de Calatrava y padeció ese estigma durante su azarosa infancia, pero lo superó gracias a su encanto personal y, pasados unos años, a su singular belleza.

Muy joven, se casó con Manuel de Peralta, un militar de ilustre familia que fue quien la inició en los ideales liberales de la Constitución de Cádiz, de los que acabó siendo entusiasta defensora. Así participó en numerosas conspiraciones contra el absolutismo de Fernando VII, que a la postre acabaron costándole la vida. Con solo veintisiete años murió ajusticiada, acusada de bordar una bandera morada con las enseñas: «Libertad, Igualdad y Ley».

Fallecido el rey déspota, Mariana Pineda se convirtió, hasta el día de hoy, en el símbolo de los nobles ideales de la libertad.

Reseña de la editorial

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2016
288
978-84-9060-070
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3
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Interesante novela histórica sobre la vida de María Pineda, joven de ideología liberal, empeñada en su lucha contra el absolutismo de la llamada década ominosa del reinado de Fernando VII.

La biografía de Mariana Pineda es una denuncia del poder absoluto con el que Fernando VII, hijo de Carlos IV, intentó reinar sobre España. Conoció, este reinado, numerosas tentativas para obligar al monarca a que aceptase la constitución de 1812.

Tras la derrota de Bonaparte y la expulsión de los franceses de España, vuelve Fernando VII al trono con el propósito de implantar una monarquía absoluta y férrea.

Pero el pueblo español, al igual que supo organizarse para liberarse del emperador francés, aprendió el valor de una constitución en la que se declaraba la igualdad de los ciudadanos y la separación del poder ejecutivo del judicial, entre otros principios.

Volver pues al absolutismo del siglo precedente fue visto por el pueblo como un error político y aquellos que detentaban algún poder, militares y parte de la nobleza, se apresuraron a sublevarse o a pronunciarse: Juan Martín, el empecinado, Riego, el general Espoz y Mina… Pronunciamientos y sublevaciones que llevaron al monarca a dictar edictos por los que se les condenaba a muertes indecorosas como el garrote vil o la horca.

Fue en Cádiz donde se elaboró la constitución de 1812 y en Andalucía, donde comenzaron o terminaron la mayor parte de esos pronunciamientos y sublevaciones. Sus líderes se refugiaban en Gibraltar, bajo la protección británica que apoyaba el movimiento liberal.

María Pineda, por su condición de hija natural, encontró dificultades derivadas de la legislación existente, según la cual, no podía casarse con militares, por ejemplo. De hecho, el joven que pidió su mano, un teniente de costas, tuvo que renunciar a su carrera militar. Los militares, necesitaban obtener un permiso especial cuando sus esposas no pertenecían a la nobleza, y podían no obtenerlo cuando la esposa padecía el hecho de ser hija natural.

El partido liberal agrupaba a todos aquellos que habían sufrido las estrecheces de la ley y del poderoso brazo policial y jurídico del absolutismo.

María Pineda fue ajusticiada por liberal a los 27 años. Dejó un hijo de su matrimonio con el joven teniente de costas, fallecido al poco tiempo por pulmonía, y una hija natural, no reconocida, del abogado que se encargaba de su defensa en el proceso que contra ella se instruyó por haber ayudado a escapar de la cárcel a un primo de su marido, también liberal, que esperaba su ejecución en Granada.

Participó, a los 20 años, ya viuda, en el intento de liberar a Juan Martín, el empecinado, héroe de la lucha contra los franceses y encarcelado por pedir al rey Fernando VII que aceptase la constitución de 1812. Ella acudió a Roa, cerca de Burgos, a la cárcel donde estaba el empecinado preso. Y con la información que recabó, se dispuso lo necesario para la liberación de Juan Martín. El rey dictó edicto de ejecución dos días antes de la liberación.

El hecho por el que se ejecutó a María Pineda, siete años después, fue por su intento de confeccionar la bandera de los liberales. El juez seguía sus pasos pues en la fuga del preso liberal al que ayudó a escapar, no se pudo demostrar su participación directa. Esta vez, el juez consiguió pruebas, tal vez amañadas, que le valieron perder la vida.