A merced de la tempestad

Fruto de su larga experiencia teatral, la primera novela que escribió Robertson Davies es un divertido homenaje a las grandezas y miserias de los escenarios y a la vida que revolotea en torno a ellos.

El Teatro Joven de Salterton, una compañía amateur, va a poner en marcha una representación de La tempestad de Shakespeare en los bellos jardines de St. Agnes, la vetusta y extravagante residencia de George Alexander Webster y sus hijas, Griselda y Freddy. Los preparativos de la obra revolucionan St. Agnes, para desesperación del abnegado jardinero Tom, pero también la vida de cuantos participan en ella. En especial la del taciturno profesor de matemáticas y tesorero de la compañía Hector Mackilwraith, que se propone variar su anodina vida presentándose al casting y que asombrosamente consigue hacerse con uno de los papeles. De ahí a sumarse a la larga lista de pretendientes de la joven Griselda y perder la cabeza, sólo hay un paso.

A merced de la tempestad, publicada por primera vez en 1951, está ambientada en la ciudad imaginaria de Salterton, donde Davies situaría las otras dos novelas que junto a ésta forman la Trilogía de Salterton

Ediciones

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2011
329
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Imagen de Ran

El autor nos presenta una novela sin sofistificación alguna, que va de menos a más a medida que avanza la acción.
Al hilo de la puesta en escena de una obra de Shakespeare por una compañía de teatro amateur en una ciudad canadiense de segunda fila, van surgiendo una serie de aspiraciones y sentimientos más o menos idealizados, fruto de la relación entre los actores, la dirección, etc. Se crea un ambiente en el que cada personaje aporta su granito de arena, su personalidad y su humanidad, porque son personajes humanos, con sus anhelos y aspiraciones…, y desengaños.
La trama es sencilla y no hay personaje con un carácter enrevesado, sino más bien lo contrario. El ambiente es positivo, y van desfilando por la escena modelos humanos, que aportan con sencillez y naturalidad su personalidad a través de sus relaciones amorosas y sus desengaños, no exentos de pequeñas sorpresas.
En este sentido, el autor muestra una sociedad sin grandes complicaciones, pero también sin grandes aspiraciones, anhelos de grandeza y espíritu de superación.