Poesías reunidas

La voz poética de T. S. Eliot, premio Nobel de Literatura en 1948, tiene resonancia universal. En su expresión poética se dan cita el monólogo coloquial, las alusiones culturales y los elementos visuales. El empleo del collage con textos de diversas lenguas y la utilización de técnicas de montaje sincrónico y de acumulación simultánea refuerzan el hermetismo de sus poemas que aúnan visiones realistas con imágenes del subconsciente, metáforas crípticas y símbolos de oscuro origen. José María Valverde acompaña en este volumen, a su cuidada versión de las Poesías reunidas 1909-1962 de T. S. Eliot, un extenso prólogo en el que analiza las razones de la importancia de esta obra oscura y difícil, oracular y mágica. Una explicación histórico-cultural señalaría que la agonizante civilización occidental, nihilista y dispersa, encuentra su mejor expresión en una poesía montada con fragmentos, citas y voces más o menos apócrifas que, en una visión conjunta y simultánea, abren grandes agujeros al vacío y a la muerte. Pero la obra de T. S. Eliot va más allá de esa efímera vigencia: el acierto y la fuerza de su lenguaje es lo que legitima sus prodigiosos poemas, hechos de palabras insustituibles y memorables.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
1995
232
84-206-3040-3

Colección Alianza tres;40

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Reúne este volumen –con introducción y traducción de José María Valverde- toda la producción poética de Eliot, comprendida entre 1909 y 1962. Ya en Prufock y otras observaciones (1917) el poeta muestra su perplejidad ante "una vida tan, tan compuesta de piezas sueltas" y se pregunta por el alcance de sus esfuerzos, a nivel cósmico –"¿Me atrevo a molestar al universo?"- y también a nivel doméstico –"¿Me atrevo a comerme un melocotón?"-. Con La tierra baldía (1922), el libro que le hizo célebre, hay un esfuerzo por imbricar el presente –lleno de "un montón de imágenes rotas"- con los clásicos: se suceden las referencias a Ovicio, Dante, los profetas, Baudelarire, Verlaine, Shakespeare. A partir de su conversión al anglicanismo, el "desierto" ausente de certezas –escenario de su poesía anterior- se ve iluminado en parte por el sentido religioso y penitencial de la vida. En el excelente poema "Miércoles de ceniza" (1930), las interrogantes se transforman en oración: "Enséñanos a que nos importe y a que no nos importe/ enséñanos a estar sentados tranquilos". Es la alternativa al empeño del hombre contemporáneo, que trata una y otra vez de escapar de las preguntas esenciales, "A fuerza de soñar sistemas tan perfectos que nadie necesitará ser bueno". En los Cuatro cuartetos el sentido religioso y vital se hace más metafísico, al examinar las relaciones entre fin y comienzo, muerte y vida, ser y no ser. La poesía de Eliot, que se apoya en el monólogo coloquial, en el collage, en la introducción de voces en diversas lenguas, supone quizá el esfuerzo más completo por retratar en poesía el drama de la especie humana, que "no puede soportar mucha realidad".