QB VII

Novela y obra de divulgación que recuerda el sufrimiento de los judíos en los campos de concentración alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Trata especialmente la experimentación médica con seres humanos y la esterilización forzosa. El motivo es un proceso por difamación entablado por el médico polaco Adam Kelmo contra el escritor judío Abraham Cady. Este había publicado un libro sobre el Holocausto en el que se menciona al médico. QB VII es la denominación abreviada del tribunal londinense que habrá de juzgar el caso.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
1970
445
84-02-06072-2

En Bruguera Cinco Estrellas 1978.

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Literariamente QB VII vale muy poco; por debajo de su forma novelada asoma el guion televisivo en el que inmediatamente se va a convertir. Su mayor interés reside en las cuestiones éticas y morales que plantea y la primera y más fundamental ellas es la siguiente: ¿Constituye un delito haber nacido judío? ¿Existe un hilo conductor que relacione la esclavitud del pueblo judío en Egipto, la destrucción del Templo de Jerusalén y la diáspora, los pogromos en Europa oriental y la solución final dictada por Hitler en el siglo XX? Aún más ¿existe un decreto, dictado en el cielo o en el infierno, por el que los judíos deban ser perseguidos a lo largo de la Historia? ¿Está sujeto el Estado de Israel a la maldición de vivir sujeto a la violencia? Impresiona realizar estas preguntas y es seguro que impresionará más a aquellos que han nacido dentro del judaísmo. Como dice con mucha gracia el actor Chaim Topol en la obra El Violinista en el Tejado: “¡Señor! Sabemos que somos el pueblo elegido, pero ¿por qué no eliges a otro de vez en cuando?”

En QB VII un médico polaco internado en un campo de concentración, ha practicado más de quince mil esterilizaciones forzosas a judíos por orden de los alemanes. La novela plantea la responsabilidad en el Holocausto de aquellos que cumplieron órdenes injustas escudándose en la prudencia, el miedo o acaso atendiendo a sus propios demonios personales. Durante el juicio uno de estos personajes exclama: “¡Si yo no hubiera extirpado los genitales a los judíos, los alemanes me lo hubieran hecho a mí!”. ¿Hasta dónde llega la integridad moral de una persona y en qué punto está justificada su desaparición? Bajo el nazismo, como en cualquier otra situación de violencia y terror, sólo unos pocos fueron capaces de mantener sus principios, mientras que la mayoría optó por adaptarse y esperar a que pasase la tormenta.

Leon Uris denuncia el antisemitismo de los polacos, acaso superior al de los propios alemanes. El papa Juan Pablo II cambió nuestra percepción de esta realidad. No todos los polacos, ni todos los cristianos fueron antisemitas y muchos de ellos pasaron por las mismas cárceles y sufrieron las mismas torturas que los judíos. Resulta inaceptable la frase del autor cuando habla de “los sufrimientos experimentados por los judíos en manos de los cristianos”. Los nazis no eran cristianos. Ningún criminal puede ser cristiano más que de nombre. Si algunos cristianos “hicieron la vista gorda” o colaboraron de algún modo con los nazis Juan Pablo II, en nombre de la Iglesia y con motivo del Jubileo del año 2000, pidió perdón a Dios por estos pecados.