Spe Salvi, Carta encíclica

Con el mismo espíritu de San Pablo, que quiso alentar a los primeros cristianos escribiendo ´porque hemos sido salvados por la esperanza´ (Rom 8,24), Benedicto XVI titula así su segunda encíclica.
En esta Encíclica, el Papa se dirige al corazón de cada cristiano para invitarles a tener esperanza y no dejarse arrollar por el pesimismo. El texto aborda el ejercicio de esta virtud en el mundo contemporáneo ante el panorama sombrío de conflictos bélicos, terrorismo y desequilibrios, tanto económicos como medioambientales.

El Santo Padre incluye en cada capítulo un ejemplo de esperanza cristiana, desde San Agustín hasta Santa Josefina Bakhita, una esclava sudanesa traída a Italia en el siglo XX, que descubrió su vocación religiosa después de haber recibido la plena libertad.

Ediciones

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2007
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Lo primero que viene a la cabeza después de leer la segunda Carta Encíclica de Benedicto XVI, "Salvados por la esperanza", es lo mucho que sabe el Pontífice sobre las ciencias humanas y sagradas. Los textos teológicos necesitan de un estudio detenido y pienso que son necesarias al menos dos lecturas de la Encíclica para desentrañarla. La esperanza –nos dice el Pontífice- debe transformar nuestras vidas; su falta es causa de la desesperación y de los impulsos destructivos que existen en nuestra sociedad. La esperanza cristiana no es una virtud individualista sino social; ella nos impulsa a un mayor compromiso a favor de la unidad del género humano, mientras que el pecado es causa de ruptura y división. El Romano Pontífice hace un repaso a las esperanzas de los hombres en los últimos siglos. El racionalismo y el idealismo pensaron que la ciencia y la técnica habían de salvar a la Humanidad (Bacon, Kant); se abriría una nueva era en la que reinase la razón y los hombres fueran más libres y más felices. Es lo que Benedicto XVI denomina la fe en el progreso y que en determinados momentos ha constituido una verdadera religión. Karl Marx, por su parte, condicionó la esperanza de los oprimidos a la expropiación de las clases dominantes y la socialización de los medios de producción. El resultado es conocido. La Iglesia no rechaza la razón, la libertad, el progreso o la justicia social, simplemente señala que el progreso debe ir acompañado de un "crecimiento moral de la Humanidad" y la razón, la libertad y la justicia requieren de un "discernimiento entre el bien y el mal". Los medios para alcanzar la esperanza cristiana –nos dice el Pontífice- son la oración, la identificación con Cristo crucificado por medio del sufrimiento voluntariamente aceptado y la meditación de los Novísimos: Resurrección, juicio, infierno, cielo y purgatorio. El juicio final es una exigencia de justicia, nos dice Benedicto XVI citando a Platón y a Dostoievsky. Aquellas personas que hayan destruido en sí mismas toda inclinación hacia la verdad y el amor ya han optado personalmente por el infierno. Por el contrario el cielo nos habla de plenitud, de tener satisfechas todas nuestras esperanzas, desbordados por la alegría, mientras que el tiempo ya no existirá. Benedicto XVI afirma que una de las causas de la rápida extensión del cristianismo en los primeros siglos fue que el Mundo Antigüo carecía de esperanza; prestaban un culto formal a los dioses sabiendo sin embargo que no eran más que creaciones literarias. La pregunta es la siguiente: Si hay tanta falta de esperanza en nuestro mundo ¿cuándo éste se voverá de nuevo a Dios?. Benedicto XVI termina invocando a María, la virgen humilde madre de los hombres, para que Ella sea la luz que ilumine nuestra esperanza.

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Continuación de la primera Encíclica del Romano Pontífice, Desus Caritas est, ahora Benedicto XVI aborda un tema de gran actualidad: la esperanza. Los cristianos, por la fe en Jesucristo, debemos difundir el amor de Dios por toda la tierra, eso implica actuar con esperanza: el mundo necesita una inyección de ilusión y de optimismo, para dar respuestas innovadoras desde la fe a los problemas de este mundo. El ejemplo de los santos es el hilo conductor; vidas ilusionadas, fundamentadas en la confianza en Dios y en el hombre.