Underground

El 20 de marzo de 1995 cinco miembros de la secta japonesa de Aum Shinrikyo ("Verdad Suprema"), fundada y dirigida por Shoko Asahara, esparcieron gas nervioso sarín en el metro (underground) de Tokio. Murieron intoxicadas doce personas y hasta 6000 resultaron afectadas. En este libro Haruki Murakami da voz a las víctimas a través de 69 entrevistas. Añade otras, realizadas a miembros o ex-miembros de la secta que no habían tomado parte en los atentados. Murakami se pregunta si hay algo en el carácter japonés que haga posible ese tipo de sectas y actos criminales. La realidad es que no es nada exclusivo de ese país.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2014
557
84-8383-949-2

Subtítulo: El atentado con gas sarín en el metro de Tokio y la psicología japonesa. Año 1997.

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El libro comienza citando la carta de una de las víctimas del atentado en la que se queja que han sido olvidados por la sociedad japonesa, mientras que los criminales están permanentemente en los medios con motivo del juicio que se sigue contra ellos. El autor se propone dar voz a esas víctimas. Una especie de acta notarial sobre el dolor y el horror causado por el terrorismo.

Lo que verdaderamente interpela al lector es la existencia de sectas como Aum Shinrikyo ¿Qué es lo que hace que personas inteligentes pongan sus personas y voluntades al servicio de una idea y un lider hasta el extremo de cometer crímenes por su indicación? En primer lugar hay que decir que Aum era una secta dentro del budismo. Sus objetivos eran los de esa religión: meditación, renuncia al mundo y liberación de los deseos. En este sentido su existencia no puede extrañar en una sociedad oriental. Personas que se sienten vacías, desorientadas o buscan seguir antiguas tradiciones espirituales dan sentido a sus vidas siguiendo a un gurú o maestro. Resulta interesante leer cómo los sectarios hablan de una sensación de paz y plenitud alcanzada a través de la renuncia personal.

Sin embargo hay un problema y es el maestro. Si es bueno hará buenos a sus seguidores, si es malo los hará malos. Todos estos gurús o guías son carismáticos, tienen un cierto atractivo personal y prometen la salvación a sus seguidores. El problema es que alcanzan un poder omnímodo sobre ellos. Ashara parece que había alcanzado un determinado grado de paranoia y creía que la policía iba a asaltar la sede de la secta. También predicaba el próximo final del mundo. Ordenó a un grupo reducido de seguidores fabricar armas, entre otras el gas nervioso, y utilizarlo en el metro de Tokio. Casos parecidos se habían producido antes en Wako (Texas) con la secta de los davidianos, en Guyana con la secta Templo del Pueblo que realizó un suicidio colectivo, e incluso con el terrorismo islámico. El horror disfrazado de religión.

De la lectura de los testimonio sectarios se desprende que siempre hay un porcentaje de personas que busca una espiritualidad más alta, una renuncia al mundo. Personas que quieren ser guiadas, dirigidas; que buscan una fraternidad más intensa y unos ideales más altos y los encuentran en este tipo de grupos. Igualmente hay personajes que utilizan las religiones para alcanzar sus sueños personales de poder y venganza. Es muy fácil para estos líderes criticar el mundo que les rodea porque en realidad tiene muchos defectos. Nos basta pensar en el propio gas sarín que utilizaron los sectarios. No había sido descubierto por locos, sino por científicos y militares para ser utilizado en caso de guerra. Es repugnante. En el caso de los miembros de Aum apartarse del mundo fue salir del fuego para caer en las brasas.

Comprobamos cómo las personas somos manipulables a través de ideales religiosos que prometen la salvación. Ya Nuestro Señor Jesucristo advirtió  sobre "los falsos profetas que vienen a vosotros vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces" (Mt.7,15). Y añade: "Por sus obras los conocereis". El creyente no puede renunciar al sentido crítico ni al sentido común, ni la sociedad a defenderse de éllos.