El desertor

Es el último verano de la guerra. El joven soldado Walter Proska es asignado a una pequeña unidad de la Wehrmacht destinada a asegurar una línea de tren en el frente oriental. Ocultos en un bosque, en medio del calor abrasador, desgastados por los constantes ataques de mosquitos y abandonados por sus propias tropas, Proska y sus camaradas se ven sometidos a las órdenes del sargento al mando. Los soldados tratan de aislarse: uno entabla una batalla perdida contra un enorme lucio, otros pierden la cabeza y se abisman en la desesperación y la locura, otro se aficiona a abrazar los árboles para quebrarlos y otro se hace amigo de una gallina.

Y Proska empieza a hacerse preguntas, cada vez más acuciantes: ¿Qué es más importante, el deber o la conciencia? ¿Quién es el verdadero enemigo? ¿Puede uno actuar sin ser culpable? El desertor es la obra maestra perdida de Lenz, recuperada con sesenta y cinco años de retraso, después de que en 1952 fuera rechazada por razones políticas y cayera en el olvido.  

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2017
352
978-84-17115-16-6

Traducción de Consuelo Rubio Alcover

Valoración CDL
3
Valoración Socios
3
Average: 3 (1 vote)
Interpretación
  • No Recomendable
  • 1
  • En blanco
  • 2
  • Recomendable
  • 3
  • Muy Recomendable
  • 4

1 valoraciones

3

Comentarios

Imagen de amd

Novela basada en sucesos reales que acaecieron durante la Segunda Guerra Mundial. Ambientada en los últimos meses del conflicto bélico en el frente oriental, el protagonista es el asistente Walter Proska, oriundo de Masuria (Prusia oriental), jefe de granaderos, que llevaba más de tres años combatiendo en el frente. Tras un grave accidente de ferrocarril, es enviado a una posición avanzada cerca de Prowursk (Polonia), donde un pequeño grupo de soldados alemanes, atrincherados en un fortín, es asediado continuamente por los partisanos. El sol abrasador, los mosquitos, la escasez de alimentos, los disparos de los partisanos, camuflados en la espesura del bosque, llevan a los hombres del “fuerte” alemán a la embriaguez, a la violencia gratuita, a la locura, a la deserción en busca de la libertad perdida ¿en nombre de Alemania?, pero “¿Qué es Alemania, quién es en realidad?” (p. 100).

El autor Siegfried Lenz (1926-2014), nacido en Lyck, una pequeña ciudad de Masuria (Prusia Oriental), al igual que su personaje Proska, también combatió en la SGM y desertó a Dinamarca, donde fue capturado por los británicos y pasó un tiempo como prisionero de guerra. Fruto de su propia experiencia, reflexiona en esta novela sobre los desastres de la guerra y sus horrores, las escaramuzas, los heridos, los mutilados, la muerte sin sentido siempre al acecho. De esta forma, presenta una perspectiva personal y diferente sobre la guerra en un libro que “no aspira a pasar por un testimonio real, pero quizá tampoco por ficción. Sin embargo, puede que su creador se encuentre más cercano a la guerra que ningún otro” (p. 337).

Así pues, entre el reportaje y la ficción, Lenz escribió la primera versión de esta obra en el verano de 1951, dividida en doce capítulos, que fueron ampliados a dieciséis en la segunda versión de 1952 con la novedad de la deserción del protagonista. De este modo, tras la exposición de los horrores de la guerra, la figura de los desertores de la Wehrmacht que se pasaban al Ejército Rojo cobra una especial relevancia en los últimos capítulos, donde además se muestran los sistemas de espionaje rusos, su adoctrinamiento ideológico y la falta de libertad individual tras la contienda. Por todo ello, a pesar de las expectativas que la novela había generado en su tiempo, finalmente no se publicó dado el clima político del momento y debido a la creciente hostilidad entre las potencias occidentales y el bloque oriental. Después de casi setenta años de olvido, la novela (guardada por el autor durante toda su vida) ha sido recuperada y publicada en la actualidad.

Por último, conviene recordar que, a pesar de la crudeza y la violencia de algunos episodios, el autor es un verdadero maestro de la narración, tanto en la presentación y psicología de los personajes, en los diálogos y en el monólogo interior, como en la descripción del paisaje que, en numerosas ocasiones, aparece personificado: “un ejército de abedules que tiritaban entre la niebla matutina” o “el viento acariciaba con su mano invisible la parte superior del juncal, y este se plegaba obedientemente bajo el roce” (p.54). Una naturaleza maravillosa, llena de esplendor, para suavizar la lectura de los horrores de la guerra y de la fragilidad de los hombres.