Resulta sorprendente comprobar hasta qué punto hay personas que viven años, quizá toda su vida, arrastrando el agravio sufrido. Matrimonios que se rompen, familias que se dividen y se alejan, amigos que no vuelven a hablarse, una inquina insalvable contra ese compañero de trabajo; y ya no digamos la amargura interior cuando un personaje público “odioso” aparece en la pantalla, sobre todo si brillan sus éxitos.