Ateísmo y tolerancia

 

Una de las cuestiones más llamativas de la historia de la tolerancia en los comienzos de la ilustración y años después, hasta su asentamiento definitivo en la cultura democrática, que terminó por imponerse en Europa, fue la intolerancia de los grandes protagonistas de la tolerancia respecto a los católicos por un lado y a los ateos por otro.

Respecto a los segundos nos recuerda la profesora María José Villaverde de la Universidad Complutense, coordinadora de este trabajo que la explicación sobre por qué no toleraban tampoco a los ateos es clara: “según la mentalidad de la época, los no creyentes no eran personas fiables y no respetarían los acuerdos ni los contratos ni el andamiaje legal sobre el que se alzaba la sociedad (al no estar sujetos a las leyes divinas). Y es que la religión era aún la espina dorsal de la moralidad y quien no creía en Dios no podía tener una conducta ética. De ahí la extrañeza que podía despertar la existencia -inconcebible para la época- de ateos virtuosos (Bayle)” (18).

De hecho, fue muy interesante cómo despertó un gran revuelo en el pueblo y entre las autoridades civiles y religiosa de Amsterdam y, en general, de los tolerantes países Bajos, el primer libro de Spinoza. El filósofo panteísta Spinoza fue calificado de enemigo de la religión, de verdadero Anticristo y de agente de Satanás (78).

Es más, acusado de ateísmo e impiedad, decidió escribir una relación de un mínimo de cuestiones en las que el cristiano debía creer, pues sin ellas, a su parecer sería imposible la tolerancia.

Así Spinoza intentó pasar de la acusación de ateo a intentar erigirse en paladín contra el ateísmo, pues a su parecer, el ateo sería un diluyente de la sociedad, del orden social y, en definitiva, del bien común. En cualquier caso, esto es comúnmente aceptado en su época.

Así pues absolutizar la tolerancia es falsear la realidad y es mejor hablar de límites que mentir o que discutir sobre los límites. La sociedad o se construye sobre un hombre, un pacto social o se construye sobre la verdad revelada.

La Iglesia católica, por tanto, era la más tolerante de la época porque proponía una verdad que fundamentaba realmente el bien social, no perseguía la falta de práctica religiosa, sabía esperar al arrepentimiento, recordaba que de internis neque Ecclesia iudicat, confiaba y no forzaba la conversión de las almas.

 

José Carlos Martín de la Hoz

María José Villaverde Rico, Forjadores de la tolerancia, ed. Tecnos, Madrid 2011, 322 pp.