Calderón y el problema del mal y el bien

 

Decía el filósofo cristiano Boecio, en su famosa obra redactada en el siglo VI, “La consolación de la filosofía”, al abordar el problema del mal en el mundo, que era como si se le presentase delante de los ojos una hidra de mil cabezas, de modo que, aunque pudiera cortar una, enseguida aparecerán a su vista otras tantas, es decir, que se trataría de un problema insoluble, que en definitiva, abocaría a la constatación de un misterio insondable: el de la libertad del hombre y su encaje con la infinita gracia de Dios.

Efectivamente, Dios ha creado el bien, pero el hombre, por su pecado, ha introducido el mal en el mundo, de modo que el bien absoluto es Dios y el mal absoluto ni existe ni puede existir, aunque si la ausencia del bien debido, ya que esa es la definición del mal.

Llegado a este punto conviene recordar la disputa de auxilios que tuvo lugar en el siglo XVI y XVII entre el jesuita Luis de Molina, catedrático de Teología en Évora y el dominico Domingo Báñez catedrático en la Universidad de Salamanca, en torno a la relación entre gracia y Libertad.

La disputa había concluido en 1607 con la intervención del papa Clemente en la que pedía silencio a las órdenes en liza, y sobre todo les prohibía excomulgar al contrincante, recalcando la solución de la gracia “congrua” del célebre teólogo Francisco Suárez cuyo centenario de su muerte acabamos de celebrar en 2017.

Victoriano Roncero, catedrático de literatura española del siglo de Oro, ha publicado una magnífica edición crítica de una de las grandes comedias del gran dramaturgo español Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), uno de nuestros grandes autores del siglo de Oro de las letras castellanas. Se trata de una comedia dramática, de carácter histórico, ambientada en el siglo XII, a la que Calderón decidió poner por título “saber del mal y del bien” y donde se nos narra una historia cruzada de felicidades y sufrimientos: “la caída de un privado y la ascensión de otro, que suele ser amigo del caído” (30). La fecha de composición fue entre 1624 y 1627 y su estreno frente a Felipe IV, en el Palacio del Pardo, a finales del año 1627.

Comencemos por recordar que Calderón de la Barca en esta obra defiende claramente la idea de que “el rey tiene el poder absoluto y que nadie puede discutir ni desobedecer sus deseos, incluso aquellos que non impropios de un monarca” (36).

Los hombres parecen a veces caer en manos de la mala suerte y entran en racha en cadenas de males, físicos y morales. “Ni hay hombre tan venturoso que no tenga un envidiado” (89). Y más adelante responde su contrincante: “trocó las manos la Fortuna, pues ya soy de don Álvaro criado” (146).

Es conmovedor, asimismo, comprobar la antropología que sustenta este trabajo, el nivel de categoría de la amistad de los personajes: la verdad de una relación desinteresada “No pido porque me debes, sino solo porque pido” (168).

Que una obra clásica de teatro tenga como fondo la disputa de auxilios y recalque la importancia de la confianza en Dios y en las virtudes cristianas para alcanzar el camino de salvación indica la importancia de la literatura como medio para la educación al pueblo y la importancia de la literatura del siglo de oro. Así terminará la obra: “si tú con tanta prudencia me enseñas a perdonar, de ti he de aprender, y basta” (190).

 

José Carlos Martín de la Hoz

Pedro Calderón de la Barca, Saber del mal y el bien, edición crítica de Victoriano Roncero, ediciones Iberoamericana-Vervuert, Madrid 2019, 206 pp.