Censura literaria en el siglo XVI

 

Como es bien sabido, el moderno Tribunal de la Inquisición comenzó su actividad en Castilla en 1478 por la autorización del papa Sixto IV a los Reyes Católico y terminó su actividad en 1833.

Indudablemente, uno de los males más terribles que dejó, como consecuencia, de su nefasta actividad, el Tribunal de la Inquisición en España, fue lo que se denomina la mentalidad inquisitorial.

En el plano de la cultura y de la teología, produjo el mal de la desconfianza, de la crítica, hacia los autores que hablaban de “novedades” o sencillamente que abrían camino en lo que ahora se llaman humanidades.

Inmediatamente, la envidia daba paso a la sospecha y, enseguida, se deslizaba la frase calumniosa que expresaba terriblemente el baldón: “tiene sabor a herejía”. Con esta acusación pronunciada en “tiempos recios “de la Iglesia, como afirmaba Santa Teresa, se podría arruinar la vida de cualquiera y, preferentemente, de los enemigos y adversarios.

De hecho, Melchor Cano, el famoso teólogo dominico por envidia y animadversión contra el también dominico Bartolomé de Carranza, teólogo imperial en Trento, confesor del emperador y autor del catecismo más importante del siglo XVI, base y fundamento, del Catecismo Romano de Trento, pasó de ser el cardenal arzobispo de Toledo, a ser detenido en la cárcel inquisitorial en España y a ser, posteriormente, encausado en Roma. Finalmente, tras la intervención del Papa y de un juicio justo, fue estudiada su obra con detenimiento por teólogos objetivos que declararon la inocencia del cardenal de Toledo. Pero la sentencia llegó demasiado tarde y Carranza ya había muerto antes de recuperar el honor y la gloria.

Efectivamente, de todo esto trata la obra de Hugo Valanzano, pero con la peculiaridad de que aplica la mentalidad inquisitorial a la propia Inquisición con lo que los errores del Tribunal que acabamos de exponer, se vuelven tan retorcidos y desconfiados que terminan por producir la sospecha de que el autor de este trabajo en realidad no sabe una palabra sobre la cuestión y se ha dedicado a copiar mucho y mal de otros autores sin digerirlos ni comprenderlos.

Lo mínimo que se pide al autor de un libro de historia es que se esfuerce por conocer la mentalidad de la época y las circunstancias de espacio y tiempo que desea historiar. Es preciso acudir a los archivos y a los autores más ecuánimes y objetivos. Pues, para volver a repetir los lugares comunes, exageraciones y falsedades no hace falta volver a escribir un trabajo. El lector, finalmente, se siente engañado y eso hace que el autor quede denostado en la comunidad científica y literaria.

José Carlos Martín de la Hoz

Hugo Valanzano, La Inquisición española y la censura literaria, Ediciones Tébart Flores, Madrid 2022, 457 pp.