En la Encíclica “Magnifica humanitas” el Papa León XIV nos dice: “La espiritualidad que deseo entregar es la del arquitecto sabio que, animado por la esperanza en el Reino de Dios, se compromete a construir el bien en el mundo”. Todo un reto y una invitación para que no sea solo él, el Santo Padre, quien desee y se plante transmitir la verdad.
En nuestro mundo, con tantos caminos que llevan al error, a la inmoralidad, al egoísmo, los cristianos queremos estar con el Papa en el empeño de enseñar, de transmitir la Verdad que Dios ha querido enseñarnos. “El proyecto de una civilización del amor se perfila más claramente y la obra se muestra ya iniciada, sobre todo gracias a tantas piedras vivas solidariamente unidas en Cristo, la piedra angular. En esta obra estamos llamados a asumir un papel activo sin refugiarnos en el espiritualismo ni en nuestros pequeños mundos: debemos ser fieles a la verdad, invertir en la educación, cuidar las relaciones, llamar la justicia y la paz.” (n. 236)
Es la inquietud del Papa, como es lógico cuando nos encontramos ante un mundo arrastrado por el materialismo y tantas perversiones. Seguramente hay muchos que no se dan cuenta, porque está con la cabeza en cuestiones superficiales y, con mucha frecuencia inmorales. Precisamente, en la medida en que somos conscientes de esos desordenes, tenemos más motivos para unirnos a las intenciones del Papa.
“¡Permanezcamos fieles a la verdad! Viviendo inmersos en flujos incesantes de información, opiniones e imágenes, sabemos lo fácil que es influir en decisiones y preferencias a través de algoritmos cada vez más sofisticados. En este escenario es importante custodiar un corazón que ama la verdad, que desea lo justo más que los contenidos de mayor atractivo, que busca la sabiduría más que el impacto inmediato” (n. 237).
Comprendemos perfectamente la preocupación de la situación social que nos rodea. Da mucha pena ver a tanta gente que solo piensa en tener, en cuestiones vanas atrayentes, en tantos desordenes morales que dañan a la sociedad.
“Debemos educarnos para considerar el mundo digital como un nuevo continente por evangelizar, que requiere misioneros generosos y maduros en la fe” (n. 238). El mundo digital, como un submundo que no aparece en la vida misma de las relaciones interpersonales pero que está presente en las vidas privadas de adultos y jóvenes, consiguiendo como mínimo grandes pérdidas de tiempo, pero en muchas ocasiones un desorden moral muy dañino.
Al Santo Padre le preocupa la situación y nos dice: “Invito a salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la comunidad cristiana que se reúne, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres. Son signos de una humanidad que sigue creyendo que cada cuerpo es templo del espíritu y casa de Dios” (n. 239).
Ángel Cabrero Ugarte