Crítica de la crueldad

 

Serge Margel, filósofo y filólogo, profesor de la Universidad de Neuchátel (Suiza), realiza un interesante trabajo en la línea de la filosofía estructuralista de Michel Foucault, acerca del problema de la crueldad.

Lógicamente, el problema antropológico del mal y sus bases metafísicas, afloraran en este trabajo que busca distinguir entre los cataclísmos y demás sucesos de lo que se ha denominado desde el medievo “el mal físico”, es decir, las consecuencias derivadas de la finitud de la creación.

Existe otro mal, terrible, desconcertante, inquietante, que tampoco podemos controlar, ni predecir, que es el mal moral. Son dos los ejemplos que desde la Ilustración han preocupado a nuestros intelectuales: el terremoto de Lisboa de 1755 y el descubrimiento del Holocausto judío en Auschwitz y otros lugares donde se llevó a cabo sistemáticamente el intento de la desaparición por eliminación violenta del pueblo judío.

Hanna Arendt denominaba aquella terrible falta de respeto y crueldad sistemática por el género humano, en una frase condensada en la expresión “la banalización del mal”. Es decir, cuando el mal se mecaniza y se transforma en una cadencia de crueldades: asesinar niños y mujeres sin sentir nada.

Serge Margel, se concentrará en este digno estudio en la crueldad, es decir en el mal moral, violento, agresivo, libre y consciente que se manifiesta en el acto de la crueldad. Una cosa es un homicidio con todas las circunstancias atenuantes y otra cosa es la crueldad.

Ciertamente, en la crueldad, como pasión desatada e indomable, pueden converger elementos de otras pasiones desatadas como la búsqueda del placer en el acto de crueldad que ha sido objeto de preocupación en años atrás en otros géneros literarios como el cine, novela, etc.

Ciertamente, la crueldad como todas las pasiones desatadas tiene un elemento diabólico, de locura, de perversión profunda de la dignidad de la persona humana, en un acto que podemos caracterizar, señalar, objetivar, pero jamás podremos comprender la maldad en un grado tan alto.

El hombre siempre obra por un bien, algo que puede ser un bien real o un bien aparente. Sabemos desde Schopenhauer que nuestra voluntad tiende a nuestro bien como el hierro atraído por la fuerza del imán. Ciertamente las cuatro heridas del pecado original: la ignorancia en la inteligencia, la malicia en la voluntad, la debilidad en el apetito concupiscible y la debilidad en el apetito irascible pueden entenebrecer el obrar humano, pero siempre seremos libres y siempre podremos optar por el amor.

José Carlos Martín de la Hoz

Serge Margel, Crítica de la crueldad. O los fundamentos Políticos del goce, ediciones metales pesados, Santiago de Chile 2025, 119 pp.