A menudo, me he encontrado con personas que me dicen: “cuando tenga tiempo, leeré”. Me temo que, cuando tengan tiempo, si llega ese momento, tampoco lo harán. La lectura requiere un cierto hábito y lo de tener o no tener tiempo resulta un tanto engañoso. Un amigo mío dice que tiempo es precisamente lo único que tenemos.
Es cuestión de prioridades. A los que no tienen tiempo para leer, me dan ganas de preguntarles sobre los minutos que dedican a mariposear por los mensajes, las redes sociales, etc. Quizá, si los recortaran un poco, ya encontrarían unos ratos para la lectura.
Se han puesto de moda los gimnasios y vemos en escaparate a gente que se somete a notables sacrificios, de madrugada, a mediodía o al final de la jornada, para mantener un talle modélico, esculpido. No sé si esta idolatría del cuerpo no esconderá cierto vacío en el alma o una huida del aburrimiento. Cuando paso delante de estos sitios –no sé por qué, a menudo tan expuestos a la calle–, me pregunto si no saldrían ganando y más enriquecidos espiritualmente, si recortaran unas horas de entrenamiento para poder leer buenos libros.
Me alegra encontrarme en el metro con gente que lee. Probablemente, en las grandes ciudades, el suburbano sea la mayor biblioteca pública. En los medios madrileños de transporte público, habré leído un buen número de libros, a veces, con apreturas, casi siempre de pie, pero qué trayectos bien aprovechados. Y luego están las salas de espera, las colas, los viajes en tren o en avión…; si uno lleva siempre encima algo que leer, no pierde el tiempo y probablemente se ahorrará los enfados que suscitan, a veces, estas situaciones poco agradables.
Sin embargo, pienso que es necesario disponer de ratos diarios o por lo menos semanales para leer con tiempo por delante y con sosiego, porque no todos los textos se pueden leer en el metro, en el autobús o en una cola; y también se necesita tiempo para hablar sobre libros con otros lectores y para visitar alguna buena librería, para saber qué se está publicando. Es cuestión de prioridades. Puedo estar equivocado, pero tengo la intuición de que, si fuéramos más lectores, quizá disminuirían la ansiedad y las visitas al médico.
Luis Ramoneda