“En la Encíclica Laudato si el Papa Francisco denunciaba el creciente afianzamiento de un paradigma tecnocrático en el mundo globalizado: la tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas” (p 84). Con estas palabras de su antecesor en el pontificado, el Papa León XIV nos pone sobre aviso de un problema que puede ser de no poca importancia en nuestro tiempo.
Surge la preocupación lógica de dudar de que estos planteamientos tecnocráticos puedan tener algún tipo de orientación moral. Es indudable que esto solo es posible en el caso de que el hombre, el técnico creador de los sistemas tenga “in mente” la bondad de acción de los usuarios, muy por encima al interés económico o técnico.
“Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades”. (p. 86). El papa tiene mucho interés en advertir estos problemas que pueden surgir fácilmente, sobre todo cuando no hay un planteamiento mínimamente trascendente, lo cual sin duda puede ocurrir.
“Frente a esta concentración de poder en el mundo digital, los grandes principios de la doctrina social se convierten en criterios para juzgar y discernir el nuevo escenario: la dignidad inalienable de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social. Estos principios exigen verificar si el poder de las infraestructuras digitales y de los algoritmos favorece realmente la participación y la visibilidad, protege a los más vulnerables, asegura un acceso equitativo a las oportunidades y se ordena al bien de todos” (p. 86).
No es poco lo que se pretende, lo que quiere exponer aquí el Papa. No son nimiedades, son cuestiones esenciales para la vida del hombre. Discernir sobre la dignidad de la persona, cuando se trata de estudiar los modos de organizar la política de cada lugar, no es fácil, sobre todo cuando se pierde con tanta frecuencia un planteamiento mínimamente moral.
Se ve tan positivamente todo lo que se refiere a la tecnología, que podría perderse, fácilmente, una perspectiva más trascendente. Es muy fácil quedarse en los problemas a ras de tierra y perder de vista lo sobrenatural.
“No es mi intención ofrecer aquí un tratado sobre la inteligencia artificial, y recorrer una bibliografía que ya es muy amplia; existen actualmente contribuciones importantes, también en el ámbito eclesial, a las que es posible hacer referencia. Me limito a recordar algunos elementos esenciales para un discernimiento moral y social que proteja el primado de la persona” (87).
Ángel Cabrero Ugarte
“Magnífica humanitas”, León XIV, Mensajero 2026