Figuras retóricas

           

Uno podría suponer que los tropos y otras figuras retóricas del lenguaje están reservadas a los poetas, novelistas, dramaturgos…, y a los grandes oradores. Sin embargo, no es así, porque incluso en el uso más cotidiano del idioma, de un modo más o menos consciente, empleamos esos y otros recursos expresivos. Recuerdo que, hace bastantes años, me sorprendió la respuesta que escuché a Juanito, aquel delantero del Real Madrid ya fallecido, en una entrevista por televisión en la que hablaba de su trayectoria como futbolista: "a lo largo de mi vida, no me han regalado ni los adjetivos". Me pareció una imagen bastante genial.

La chica que comenta a una amiga que se ha comprado un jersey de color verde chillón, es muy probable que no sepa que esta combinación de imágenes procedentes de dominios sensoriales diferentes se llama sinestesia. El testigo de un accidente que manifiesta que "lo he visto con mis propios ojos", quizá no sea consciente de que esta expresión es un pleonasmo, ni el hombre maduro que comenta a otro que "ya vamos peinando canas", de que se trata de un tipo de metonimia (tomar el efecto, las canas, por la causa: la vejez).

Si para cenar nos ofrecen sopa juliana, queso parmesano y unas ciruelas claudias, probablemente no sepamos que se trata de tres epónimos –nombres propios con los que se pasa a denominar algo común–, debidos a Juliana, reina de Holanda (1909-2004), a la ciudad italiana de Parma y a Claudia, reina francesa de finales del siglo XV y comienzos del XVI.

Cuando, ante una noticia trágica, expresamos nuestra pena o asombro con un "¡qué barbaridad!", estamos usando una figura retórica llamada braquilogía o elipsis, expresión corta que equivale a otra más amplia o complicada ("¡qué suceso más lamentable ha sucedido…!"). Y la madre que encarga a su hijo: "toma diez euros, baja a la farmacia, compra una caja de aspirinas, coge el autobús, llévala a la abuela y vuelve enseguida", se está expresando con una figura retórica llamada acumulación

Los ejemplos se podrían multiplicar, son solamente unas pequeñas muestras del don maravilloso del lenguaje, de su riqueza, variedad, viveza, en constante evolución, de la que todos somos protagonistas. Por esto merece la pena apreciarlo, mimarlo, estudiarlo. En libros como Etimologicón (2013) y Eponimón (2016), de Javier del Hoyo, entre otros, se aprende de un modo divertido y asequible.

 

Luis Ramoneda