La profesora de la Universidad Camilo José Cela, María Hernández Sampelayo, nos acerca con este libro a los comienzos del trabajo apostólico del Opus Dei con mujeres y en este caso concreto se centrará en una breve semblanza de la primera mujer que pidió el Opus Dei como Agregada.
Acercarse a los comienzos de una institución laical y secular como es la Prelatura del Opus Dei es como acercarse al comienzo de la Iglesia católica, es decir asistir a lo que llamaba san Pablo VI “La perenne juventud de la Iglesia”, como signo de la acción del Espíritu Santo.
Si nos vamos a los comienzos del cristianismo, de la Iglesia, veremos el contagio del amor a Dios y a los demás que brotaba imparablemente de unos a otros que fue trasformando la tierra: “Somos de ayer y lo llenamos todos” exclamará la “Epístola a Diogneto”.
De la misma manera el amor de Dios brota y rebrota con fuerza incontenible en el manantial de amor que constituye el Opus Dei en la tierra. De hecho, hoy, esta tarde, aquí, cada uno de nosotros vuelve a encenderse en deseos de intimar con Jesucristo con un amor eterno.
San Josemaría a unos metros de distancia de esta casa, en la casa de ejercicios de los padres paules de García de Paredes, san Josemaría el dos de octubre como señala una placa colocada en la Basílica de la Milagrosa, extendió unos papeles donde estaban las luces que había recibido de Dios en aquellos años y, de repente, ya no “vio” esos papeles sino que “vio” el hacerse del Opus Dei en el mundo: personas de toda clase y condición que, como Elena Blesa Yanes, se enamoraban de Jesucristo e incendiadas ellas, incendiaban a su alrededor.
Efectivamente, Elena el 15 de enero de 1949 quedó impactada de la gracia de Dios y decidió libremente corresponder a la invitación recibida de Jesucristo, para dedicar toda su vida al servicio a Dios y a las almas a través de las actividades ordinarias del cristiano.
El resumen de su vida lo ha realizado María Hernández-Sampelayo en su semblanza: con la misma naturalidad con la que brota el agua de una fuente, que brota y rebrota con fuerza incontenible, así se produjo el amor de Dios. Ciertamente, cuando hay correspondencia al amor de Dios, se reduplica ese amor de Dios.
Precisamente, la mayor tentación de sufrió hasta su muerte fue la tentación del acomodamiento y del aburrimiento. Por eso, como nos explica María Hernández -Sampelayo, Elena Blesa lo que hizo de heroico y de extraordinario fue amar a Jesús todos los días con una Alianza de amor
José Carlos Martín de la Hoz
María Hernández-Sampelayo, Elena Blesa Yanes, entre dos continentes, Letragrande, Madrid 2926, 104 pp.