La compañía de la muerte

 

Después de un año de epidemia, quien más quien menos tiene la experiencia de la muerte de algún ser querido, de alguna persona cercana, de alguien de la familia. Esto le puede pasar a una persona, sobre todo de cierta edad, que ve como sus amigos mueren, porque han llegado a una edad de riesgo y, podríamos decir, es lo natural. Pero lo que nos está ocurriendo estos días es algo inédito. Hay que mirar a las últimas guerras, y eso no lo hemos pillado los de esta generación, para pensar en algo parecido.

Nos da mucha pena, sobre todo cuando el que ha fallecido tenía una edad avanzada, pero no crítica, ni de riesgo. Nos da mucha pena cuando es una persona de la familia de quien lo último que pensaríamos es que estaba enferma como para morir. Cuando esa persona que nos ha dejado ha estado tan cerca, en cuestiones de trabajo, o de descanso. Pero la verdad es que nos da pena porque perdemos a un ser querido al que, de alguna manera, necesitábamos. Porque el cariño de los seres cercanos lo necesitamos.

Rezamos por ese amigo que se ha contagiado y está hospitalizado. Sobre todo, si sabemos que está en la UCI. Y es cosa buena esa oración. Al menos para que no sufra, y si Dios quiere, para que se cure. Pero no podemos olvidar en ningún momento que esa persona querida, que ha fallecido está ya mucho mejor que nosotros. Incluso aunque esté en situación de purgación de sus pecados. Por eso, si es lógico que recemos por el enfermo, es todavía más importante que recemos por el difunto.

Pero el purgatorio no es un lugar de castigo; es un proceso de purificación. Como una preparación para la gran fiesta. No podemos presentarnos ante Dios sucios, mal preparados. Por lo tanto, cada persona, llegado el momento, se da cuenta de que debe purificarse, debe cambiar, en el fondo de su alma, algunos pensamientos, algunos afectos, algunos rencores, que no cuadran con la entrada en el paraíso. Es una gran suerte el purgatorio.

Pero, aunque hagamos reflexiones varias sobre la muerte, siempre nos queda como un resquemor. ¿Por qué Dios se lleva a Fulanito? Y nos ponemos a juzgar a Dios. ¡Qué barbaridad! Si Él piensa que es el momento bueno para esa persona, no hay nadie que pueda saber más. Pero nos cuesta, en algunos casos mucho.

“De modo que me pregunto -dice Montiel-: ¿por qué se nos enseña a ser jóvenes y a tener éxito sin contarnos el desenlace, o mencionándolo de pasada, como algo tan lejano como una estrella? ¿Por qué nos entretienen con noticias que nos apartan de lo que de veras importa y a los niños, en el colegio, ya no se les enseña a rezar sino sólo a acopiar dinero? Esa gente que aguarda el autobús al otro lado de esta ventana, en una marquesina donde se publicita un cuerpo escultórico. O el hombre que camina mirando con avidez en su teléfono móvil las últimas informaciones: ¿no corre esta vida en dirección contraria a la pregunta de nuestra existencia? La muerte ha sido expulsada de nuestros hogares” (p.55).

No podemos perder de vista que solo somos verdaderamente libres cuando sabemos hacia donde vamos, cuando sabemos cuál es el sentido de nuestra vida y procuramos poner los medios para conseguirlo. Por lo tanto, la compañía de la muerte nos ayuda a ser libres, o sea, a estar en el camino adecuado.

Ángel Cabrero Ugarte

Jesús Montiel, Lo que no se ve, Pre-textos 2020.