La presencia de Dios

 

El siglo de oro de la mística castellana es conocido en el mundo entero y su influencia sigue siendo capital tanto en los estudios acerca de la espiritualidad como en los tratados de teología espiritual.

El número de autores, la categoría de los mismos, sus publicaciones y los estudios acerca de la mística castellana, llenan anaqueles de las grandes bibliotecas y se editan cada año numerosas ediciones tanto de divulgación como estudios críticos que iluminan la vida de los cristianos y de las comunidades religiosas.

En este marco ediciones Sígueme, ha publicado algunos escritos representativos de Lorenzo de la Resurrección (1614-1691), carmelita descalzo francés (Lorena, Francia), considerado como uno de los grandes autores de espiritualidad para las circunstancias ordinarias de la vida y que reflejan muy bien el influjo en tierras francesas del carmelo español y de sus grandes autores, tanto masculinos como femeninos, que todavía hoy perduran con grandes frutos de santidad.

Lo más esencial de la aportación de esta figura a la historia de la espiritualidad está recogido en este sencillo volumen de ediciones Sígueme que merece la pena ser leído con detenimiento de ahí que presentemos esta breve reseña.

Para nuestro autor el ejercicio de la “Presencia de Dios” coincide con el primer paso de la vida mística del cristiano, es decir, el “epitalamio del alma encariñada” del que hablan nuestros místicos castellanos del siglo de Oro: una oración confiada, constante, habitual, como ternura de amor mientras se realizan las cuestiones ordinarias de la vida: “Dios le permite todo mientras esté en intimidad” (32).

Evidentemente, existirán las distracciones, los despistes, la pérdida del hilo de la conversación con Dios, de ahí la recomendación de Lorenzo de la Resurrección de no inquietarse, sino sencillamente volver a retomar con constancia la conversación divina con total naturalidad y paciencia (91). De ahí que afirme: “lo que a Dios honra es la confianza” (92).

La conclusión de esos ejercicios de presencia de Dios es que la santidad es para todas las almas de toda clase y condición y que no se requiere más que el cristiano posea “un corazón resuelto” (93).

Inmediatamente tratará de la primera consecuencia de vivir la presencia habitual de Dios que es hacerlo todo con mayor rectitud de intención, es decir, por amor de Dios (96).  Es lógico que el hermano Joseph de Beraufort (1653-1711) que fue discípulo de Lorenzo de la Resurrección nos diga en el elogio que se trascribe al final de esta obra, que el gran corolario de la vida de nuestro autor es el descubrimiento de la confianza filial con la madre de Dios y madre nuestra (104).

José Carlos Martín de la Hoz

Lorenzo de la Resurrección, La práctica de la presencia de Dios en la vida cotidiana. Dichos, cartas y testimonios, ediciones Sígueme, Salamanca 2026, 156 pp.