Es interesante la edición póstuma de varios trabajos del historiador y Académico francés François Furet (1927-1997) acerca de la Revolución francesa que fue su materia de investigación toda la vida.
Este trabajo recopilatorio sirve para conocer de cerca el estado de la historiografía sobre la Revolución Francesa. Según este trabajo, parece ser que las aguas han vuelto a su cauce y que a raíz del bicentenario que celebramos en el 1989, comienza a aceptarse que quizás no tengan por qué ir unidos revolución y terror, aunque lo hayan sido en la revolución francesa y la revolución rusa (27).
Asimismo, en la interpretación del Académico Furet se pasa de la “utopía liberadora al desencanto en las democracias contemporáneas” pues ciertamente la carga ideológica que impulsó inicialmente la toma de la Bastilla fue aprovechada inmediatamente por una serie de dictadores en cadena que impusieron su visión del Estado y de la sociedad sin respetar el principio de fraternidad y de igualdad.
La primera conclusión de François Furet es que Robespierre sustituyó a Richelieu (22, 40) y gobernó a su antojo a la masa enloquecida y apasionada para llevarla a la dictadura de terror hasta que fue engullido por su propio terror y la inteligencia de Fouché.
Indudablemente, “forzar a un pueblo a ser libre” (38) y dejarse llevar por la responsabilidad de trabajar con iniciativa, creatividad y espontaneidad, requiere capacidad de liderazgo, tiempo, preparación y mucha dosis de mano izquierda. Es mucho más cómodo tener un dictador, un emperador o un rey gobernado por su camarilla.
Indudablemente la guillotina, nos recodará nuestro autor, fue un regreso al pasado más oscurantista, al miedo a la libertad y al diálogo y fue, como siempre, un regreso a la violencia al “hombre es lobo para el hombre” y a la entrega de la libertad al déspota al más puro estado del Leviatán de Hobbes (40).
Enseguida nos hablara del “arte de terminar una revolución” (72). Efectivamente, los tumbos revolucionarios fueron notables. Hasta un siglo después de la toma de la Bastilla, la nación, Francia, París, no consiguió serenarse y encauzar todas las fuerzas que habían eclosionado, para dirigirlas coordinadamente hacia un futuro esperanzador y racional.
De hecho, los seminarios y noviciados de la Iglesia católica volvieron a llenarse cuando empezó la restauración. La Revolución no había terminado con la fe y las familias seguían siendo cristianas. Las relaciones Iglesia y Estado se reanudaron, pero ambas siguieron mirándose con recelo, pues la persecución religiosa llevada por antiguos obispos y sacerdotes había sido muy capilar y sangrienta hasta desear erradicar toda sombra de religión (96).
José Carlos Martín de la Hoz
François Furet, La Revolución francesa a debate. De la utopía liberadora al desencanto en las democracias contemporáneas, editores siglo veintiuno, Madrid 2023, 173 pp.