La salud de los hijos

 

En el libro “Era de idiotas”, David Pastor Vico plantea muchas cuestiones de cómo está en estos momentos el mundo civilizado, la relación entre las personas, el trato habitual y, sobre todo, la educación de los hijos. Uno de los temas que trata con detenimiento es el modo de vivir y de crecer los niños en nuestro mundo.

Advierte el autor del cambio tan importante que ha sufrido el modo de relacionarse los niños. “Lo normal en décadas pasadas, y siempre que las condiciones lo permitiesen y vivieras en la parte del mundo correcta, era largarte a la calle en cuanto el adulto responsable de ti te daba licencia, bien después de comer, o bien tras hacer la tarea que te habían dejado. Y en la calle es donde nos esperaban horas de diversión junto a nuestros amigos y amigas de siempre, los de la pandilla, la banda, el grupo, la cuadrilla, o como llamen en tu tierra a un grupo regular de amigos, amigas y compañeros que se reúnen para jugar, pasarlo bien, hacer travesuras o cualquier cosa similar, en la que el adulto no tenía cabida” (p. 40).

Se advierte en este trabajo el mal tan grande que se hace a los hijos permitiéndoles quedarse en casa, solos, con las pantallas, viendo un cuento o una película. El niño se ha aislado, en lugar de tener una vida rica en amistades, termina en la soledad.

A parte de ese problema, se advierte también el riesgo para la salud que supone no dedicar tiempo a ejercicio físico. El niño necesita correr, con un balón, con una raqueta, etc. “La Organización Mundial de la Salud asegura que el sobrepeso y la obesidad infantil son uno de los problemas más graves del siglo XXI, ya que en los últimos cuarenta años el número de niños con sobrepeso del mundo se ha multiplicado por diez” (p. 42).

Considera el autor de este libro, “como animales humanos que somos, necesitamos de la actividad física y puesta a punto de nuestras capacidades biomecánicas, de ejercitarlas, desarrollarlas, dominarlas y perfeccionarlas para que, y gracias a ello, nuestras capacidades cognitivas, las que nos sirven para conocer, vayan de igual manera y a la par, actualizando los diferentes estadios que nos completan como personas hasta la madurez” (p.46).

O sea, el peligro de quedarse en casa es grande. El aislamiento del niño, pegado a las pantallas es antinatural y, por lo tanto, dañino para la salud física y espiritual. Además, le aísla de los demás niños, convirtiendo la infancia en un tiempo dañino. Hace unas décadas lo normal es que los pequeños salieran a la calle, al jardín, a los lugares donde se encontraba con sus amigos o amigas. Era, por lo tanto, una actividad que llevaba a la relación, a aprender a ser generoso, a sobrellevar pequeños disgustos, etc.

Ahora las costumbres, con tanta frecuencia, son muy distintas. El niño no socializa, va a lo suyo, a lo que le apetece y, por lo tanto, se está criando un egoísta, sin saberlo él y sin ser muy conscientes los padres.

“Hablar de que el jugar en los niños, en su modo más tradicional, pone en relación las emociones, la motivación, que invita a toda acción, posibilita la percepción que tenemos de las cosas, del mundo, de lo otro y los otros y lanza el intelecto, no es cosa menor. De hecho, si lo piensas bien estamos hablando, por ejemplo, de nada más y nada menos que de la posibilidad de aprender” (p. 52)

Ángel Cabrero Ugarte

David Pastor Vico, Era de idiotas, Ariel 2024