Antes de la aparición de la escritura, la transmisión de ideas, de historias, leyendas, etc., era oral. Esto requería buena memoria y estimuló la búsqueda de recursos retóricos para facilitar la fijación de lo que se decía (rimas, aliteraciones, etc.). En esto, la música, el canto, también tuvo su papel destacado. Además, la transmisión oral perduró después de la consolidación de la escritura, ya que el analfabetismo estaba muy extendido. Incluso el teatro, hasta tiempos bastante recientes, se escribía sobre todo en verso. El del Siglo de Oro español, tan rico y popular, apasionaba incluso a personas analfabetas, pero acostumbradas a la transmisión oral.
Es decir, el inicio de la literatura es poético, mientras que la prosa está más unida a la invención de la escritura. Un amigo mío decía que hay más poetas que lectores de poesía. A menudo, me encuentro con personas cultas, que leen mucho, pero que no se atreven con la poesía. Sin embargo, un buen número de las obras más destacadas de la literatura universal están escritas en verso: Homero, Virgilio, Dante, Shakespeare… De hecho, son frecuentes las versiones en prosa de obras como la Ilíada, la Odisea, la Eneida, etc., para hacerlas más asequibles a los lectores de hoy.
Pienso que es importante acercar a los alumnos a la poesía desde muy jóvenes, con poemas sencillos, populares, pegadizos, y pasar poco a poco a textos más complejos, para quitarles el miedo al lenguaje en verso. Por otro lado, la poesía no se puede leer como se lee un texto en prosa. Conviene captar el ritmo y, para esto, nada mejor que la lectura en voz alta (bien leído, un mal poema mejora; mal leído, un buen poema empeora).
Pongamos un ejemplo: el verso de Garcilaso de la Vega con el que se inicia la primera de sus églogas dice así: El dulce lamentar de dos pastores (un endecasílabo perfecto con acento en las sílabas 2, 6 y 10, que conviene resaltar al leerlo). Con las mismas letras, este verso se puede convertir en: El dulce lamen tarde dos pastores, un texto prosaico meramente descriptivo. En la poesía, hay intuición, emoción, una lógica distinta que la de un razonamiento filosófico o la de textos legislativos, históricos o narrativos. Hace bastantes años, en una conferencia del filósofo Antonio Millán-Puelles, afirmó que, a veces, los poetas expresaban con pocas palabras lo que para un filósofo requeriría una extensa reflexión. Aunque también ocurre lo contrario. Como dijo el poeta José Ángel Valente, el tema de las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre se podría sintetizar en un telegrama que dijera: papá ha muerto. Sin embargo, al poeta le suscitó aquel poema inmortal.
La poesía hay que leerla despacio y releerla, a menudo. Habrá textos con los que uno se sienta más afín que con otros, a estos les prestamos más atención, disfrutamos leyéndolos, nos conmueven y enriquecen, por el tema, por la forma, por el ritmo, por las imágenes, por la sorpresa...: por la belleza. Otro ejemplo: al leer estos versos de un romance de García Lorca (el jinete se acercaba // tocando el tambor del llano), la imagen y la repetición del sonido t en el segundo verso nos sorprenden por su expresividad.
Pienso que algunos experimentos de poesía hermética no han ayudado a fomentar la lectura, pero no hay que tener miedo a leer poesía, porque, además de depararnos momentos de gran intensidad ética y estética, es una gran ayuda para la calidad de los escritos en prosa. En otra ocasión, espero sugerir algunos poemarios especialmente relevantes.
Luis Ramoneda