Cuando tuvo lugar el debate constitucional y las Cortes Constituyentes y el plebiscito de la nueva Constitución de 1976, se celebraban 40 años de la muerte de la Segunda República, sucedida en febrero de 1936, cuando un pucherazo gubernamental entregó el poder al Frente Popular que fue poniendo las bases para desestabilizar el país y provocar a los militares a realizar un golpe de Estado y el estallido de la guerra civil sucedido el 18 de julio de 1936.
Como quedó bien expresado para la historia, en el debate de estado de la nación de abril de 1936, las Actas reflejaban, la intención de muchos grupos políticos, de la posibilidad de una revolución social-comunista-anarquista que, de haber ganado la guerra, habría convertido España en un país en la órbita de Moscú.
Lógicamente, la llamada tercera España, dirigida por Azaña, Alcalá Zamora, y un buen grupo de demócratas, intentaron enderezar las cosas para evitar los extremos ya mencionados y terminar por resolver las cuestiones políticas del mismo modo que en Francia donde también había ganado el Frente Popular pero no derivó en el social-comunismo.
Precisamente, en estos días, cuando nos acercamos al 90 aniversario del Frente Popular, el historiador Luis E. Íñigo ha cometido el error de publicar este libro sobre la II República con un título ideologizado e incorrecto, más apoyado en la ideología y el despecho, que apoyado en sus amplios conocimientos históricos y, por tanto, de modo sereno y lo más objetivo posible.
Es importante leer este libro sin prejuicios pues proporciona abundantes datos históricos para precaver a los españoles intelectuales de la gran tentación que actualmente tienen los republicanos que sería plantear en febrero de 2027 un nuevo Frente Popular Republicano y la convocatoria de Cortes constituyentes para volver a instaurar la constitución de 1931 y de ese modo abrir la III República. Lógicamente, ese ambicioso e ilusionante proyecto político obligaría al resto de las fuerzas políticas democráticas a sumarse al proyecto republicano y colaborar en los necesarios retoques de la Constitución de 1931, pues efectivamente los años pasan y los tiempos y las mentalidades no son las mismas.
Las conclusiones de este trabajo serían dos, en primer lugar, la democracia está tan asentada en España que no habría que temer a ningún resultado electoral, pues la cultura y civilización democrática reaccionaria para no perder las libertades.
En segundo lugar, que el problema de la Constitución de 1931 era que no correspondía sociológicamente con la realidad de España de entonces. La nueva constitución se parecería tanto a la actual que bastaría unos pocos retoques.
José Carlos Martín de la Hoz
Luis E. Íñigo, La secta Republicana. La intransigencia ideológica de la izquierda y el naufragio de la primera democracia española, La esfera de los libros, Madrid 2025, 357 pp.