El catedrático de filosofía, profesor y miembro de la Academia Francesa, Michel Foucault (1926-1984), es uno de los pensadores más influyentes del siglo XX y, en concreto, uno de los grandes propulsores intelectuales de la revolución de mayo del 68 en Francia.
Entre su extensa producción literaria que se reedita frecuentemente, como he podido comprobar recientemente en la casa del libro de Madrid, destaca uno de sus discursos más importantes: el de su entrada en la prestigiosa Academia del “Collège de Francia” en sustitución del profesor Jean Hyppolite, donde se hizo cargo de la cátedra de historia de los sistemas de pensamiento.
En esa ocasión su discurso versaba acerca de los discursos memorables; cómo se preparan, articulan y para qué sirven y qué poso dejan en el auditorio, en el propio ponente y en la cultura.
Lo que nos ha parecido más interesante de este discurso pronunciado el 2 de diciembre de 1970, es la manera en la que va a referir nuestro autor a la verdad. En efecto, en medio de un apasionado discurso, de repente se sumergió en “la verdad” que emergió con una fuerza inusitada en ese discurso.
Es lógico, que sucediera ese hecho, tanto que surgiera el tema, como que lo hiciese abruptamente, porque Michel Foucault era un gran pensador, profundamente racionalista y, por tanto, era un buscador autentico de la verdad.
Foucault no tenía más remedio que aceptar la “coacción de la verdad”, pues la verdad es amenazante, impulsa al entendimiento y a la voluntad a no contentarse con otra cosa que con la “adecuación del entendimiento a la cosa”, o como diría Balmes en el comienzo de su libro sobre el Criterio: “la verdad es el ser de las cosas”.
Enseguida nuestro autor afirmará: “Desde luego, si uno se sitúa en el nivel de una proposición, en el interior de un discurso, la separación entre lo verdadero y lo falso no es ni arbitraria, ni modificable, ni institucional, ni violenta” (19).
Es interesante este párrafo de la propia autobiografía de Foucault: “De los tres grandes sistemas de exclusión que afectan al discurso, la palabra prohibida, la separación de la locura y la voluntad de verdad, es del tercero del que he hablado más extensamente” (23). Seguramente, porque al final todo confluye en la voluntad de abrazar la verdad.
No podemos terminar estas líneas sin traer a colación una anécdota que narra el propio Foucault: “Me gustaría recordar una anécdota sobre este tema de una belleza tan grande que nos estremece que sea verdad (…). A comienzos del siglo XVII, el taikun había oído hablar de que la superioridad de los europeos -en cuanto a la navegación, el comercio, la política, el arte militar-e debía a su conocimiento de las matemáticas” (39).
Ciertamente, hay varias claves en el éxito de la civilización occidental.
José Carlos Martín de la Hoz
Michel Foucault, El orden del discurso, Austral, Madrid 2026, 76 pp.