Política y religión

 

Una de las mezclas más explosivas a lo largo de la historia ha sido siempre la de la política y la religión. Lo abordes por donde lo abordes siempre sales quemado y errado. Si lo ves desde la religión no te cuadran las maniobras faltas de sentido sobrenatural, movidas simplemente por la envidia más mezquina. Si lo haces desde el ángulo de la política, siempre te asombra lo corto que se quedó Maquiavelo, a base de pensar en el gobierno sin límites ni escrúpulos.

El jesuita Pedro Miguel Lamet (Cádiz 1941), uno de los mejores escritores en lengua castellana, acaba de entregarnos una joya literaria de trama histórica acerca de la expulsión de los jesuitas de diversos países de Europa hasta su supresión por el papa Clemente XIV, el 21 de julio de 1773.

Como siempre, lo más fuerte de las novelas de Lamet estriba en lo ampliamente documentadas que están de modo que se cumple el pacto de caballeros de la novela histórica: todo lo que se narra pudo haber sucedido y seguramente sucedió, aunque con algún nombre o circunstancia cambiada.

La ventaja de la novela histórica en manos de Lamet es que hace mucho más atractiva la historia pues potencia la inteligente interpretación de los datos históricos por obra y gracia de un fino observador. Por ejemplo, basta con leer la magistral escena en la que el futuro conde de Floridablanca enseña a Mateo el Breve Apostólico “Dominus ac Redemptor” en el que el Santo Padre, como fruto de la presión diplomática de los reyes de España, Francia, Portugal y Austria para que suprimiera la Compañía en bien de la unidad de la Iglesia, en ese momento del triunfo máximo de Carlos III, del cesaropapismo, se da cuenta de que esta supresión es “personal”, es falsamente arrancada, temporal, en insuficiente: “un breve se revoca con otro breve” (21), no tiene la fuerza de la razón jurídica de la supresión por una bula pontificia que cuenta con el respaldo de la curia y de los obispos (25). Efectivamente, el Papa Clemente XIV ha ganado la partida, se ha quitado la presión diplomática, conserva el máximo poder espiritual, se ha deshecho de sus enemigos y ha logrado salvaguardar la Compañía de Jesús que con un simple Breve volvería a existir purificada y esplendida pocos años después con el apoyo incondicional de toda la Iglesia universal.

Pedro Miguel Lamet ha logrado explicar de un modo ameno, sencillo, uno de los enigmas históricos más estudiados y comentados en los últimos siglos, una demostración de que la Compañía es de origen divino y permanecerá hasta el final de los tiempos. La pregunta siempre ha sido doble y hasta ahora teníamos respuestas parciales.

En primer lugar, Lamet nos da la ambientación histórica, los ataques sucesivos, diseñados meticulosamente por una fuerza que siempre se ha atribuido a la masonería pero que Lamet desmonta sencillamente.

La primera parte del enigma la resuelve Lamet anotando las calumnias y difamaciones de las que fueron objeto y que van corriendo de mano en mano, comprobaremos en suma cómo se puede deteriorar el ambiente, crear un clima de opinión, de maledicencia acelerado por la más simple envidia (121-122).

Anotemos simplemente las explicaciones que van expresando los diversos jesuitas que son presentado a lo largo de esta magnífica novela histórica. En primer lugar, la mezcla de religión y política de las “Reducciones del Paraguay”. Un asunto que para entenderlo hay que retrotraerse a los diversos litigios sobre los límites de la influencia de España y Portugal en América. Las “Reducciones”, encargo de una zona de misiones en territorio de influencia española, pasarían a Portugal y el gobierno luso decide terminar con la utopía de Tomás Moro que habían puesto en marcha los jesuitas y entregará las misiones a Brasil que no querrán saber nada y destruirán una de las propuestas de pedagogía de la civilización más interesantes de la historia. Por tanto, los jesuitas irían por libre de las autoridades: un grupo político (38).

Otras calumnias contra los jesuitas son más simplonas, como el ataque acerca de que predicaban una moral relajada y por tanto serían culpables del deterioro espiritual y moral de las cortes europeas que tenían capellanes jesuitas. Es no entender el probabilismo que afirma que “la ley dudosa no obliga” (82).

Otro lugar común, fue atacar al famoso misionero jesuita Ricci y afirmar que para congraciarse con las autoridades chinas habría cambiado el mensaje de Jesucristo por una mezcla de revelación cristiana y tradiciones culturales chinas. La historia ha demostrado que la Iglesia católica en China es fiel a la doctrina de Jesucristo (101).

No digamos ya de culparles haber dividido a la Iglesia porque en Francia a todos los que no pensaban como ellos en materia moral los llamaban jansenistas y herejes. Eran autorreferenciales en sus libros solo citaban jesuitas. Es muy interesante estudiar las “cartas al provincial” de Pascal, para comprobar que de haber triunfado Pascal ahora todos seríamos escrupulosos. Sus críticas son sencillamente aritméticas frente a prudencia.

Finalmente, hemos de ir al fondo de la cuestión, como hace Lamet: la gran pregunta sin respuesta. Efectivamente Carlos III dirá que los motivos reales de la expulsión y supresión quedaban en su real conciencia.

¿Cuáles podrían ser esos motivos “reales”? Lamet responde magistralmente al explicar, sin explicarlo explícitamente, que Carlos III deseaba llevar a cabo la reforma de la Iglesia en el mundo, como ha explicado Henry Kamen, con las manos libres y le estorbaban la Santa Sede y la Compañía.  Efectivamente, Carlos III y sus sucesores impusieron las Cortes de Cádiz, el liberalismo, la supresión de las órdenes religiosas, “la cuestión religiosa”, la desamortización de las “manos muertas”, los cupos de seminaristas y noviciados según las necesidades de las diócesis, es decir la Iglesia sometida al Estado dedicándose a explicar la “constitución” al pueblo y pidiendo permiso al alcalde del pueblo si se iba a marchar de viaje. Es decir: el siglo XIX. Menos mal que llegó la democracia, la libertad religiosa, la separación respetuosa de la Iglesia y del Estado, la doctrina social de la Iglesia, el concilio Vaticano II y la llamada universal a la santidad.

 José Carlos Martín de la Hoz

Pedro Miguel Lamet, El último jesuita. Expulsión y extinción de la Compañía de Jesús en el Siglo de las Luces, Mensajero, Bilbao 2025, 646 pp.