Sequía de agua; sequía de afecto

 

Cuando se sale a los campos de nuestros entornos, cuando salimos de la ciudad, es más fácil ser conscientes del daño de la sequía. Se observa mucha maleza amarilla y árboles necesitados de la lluvia. No sé si a alguien se le ha ocurrido hacer rogativas, pero quizá habría que ir pensándolo, porque no deja de ser preocupante que pasen tantos meses sin que caiga una gota.

En el ambiente de nuestras ciudades notamos también una cierta sequía de preocupación por los demás. Falta, con frecuencia, esa actitud de generosidad, de adivinar los problemas del prójimo. Una tendencia a ir cada uno a lo suyo. No sé si es un punto de vista propio, pero creo que en la sociedad nuestra advertimos más egoísmos.

Es cierto que en las grandes ciudades es difícil cruzarte con alguien conocido. Y creo que también es verdad que en los pueblos sea más frecuente que las personas se paren a charlar un momento con el vecino o un amigo con quien nos cruzamos. En las ciudades grandes no nos encontramos con conocidos, pero me parece que puede ocurrir que me cruce con un amigo y simplemente dirigimos un saludo, según pasamos con pocas opciones de parar ¡porque no hay tiempo!

Se me ocurre que estos modos de vivir, que surgen de modo natural, o antinatural, tienen poco remedio. No es fácil solucionar las prisas en las calles de las ciudades grandes y en las no grandes, aunque el principal problema es la falta de probabilidad de encuentro. Pero precisamente por eso, se me ocurre que deberíamos estar más atentos a dar un toquecillo a esas personas a quienes conocemos bien, familiares o amigos, y que agradecerían nuestro interés por sus problemillas.

Es la caridad. Es el amor. Es intentar evitar el aislamiento, al que lleva muchas veces algunos tipos de entretenimiento que aparta de los demás. Llama la atención cuánta gente está más pendiente del móvil que de las personas que tiene cerca. En el autobús ya no se habla con el de al lado; ahora cada uno va a su entretenimiento, a sus egoísmos.

Hay muchos elementos perniciosos en la sociedad que nos hacen egoístas. Lo de vivir la caridad, lo que significa amar a las personas y, por lo tanto, dedicarles nuestro tiempo, se lleva poco. En estos tiempos nuestros en los que abundan los ancianos, porque la gente vive bastantes más años que hace no mucho, podemos observar a mucho viejecito solitario por la calle. Y sabemos de algunas de esas personas mayores que viven solas en su casa y son poco atendidas.

Seguramente nos vendrá bien a todos hacer una pequeña reflexión y pensar en personas que de una manera o de otra les beneficiaría nuestro cariño.

Ángel Cabrero Ugarte