No hay duda de que en el mundo occidental la idea de trascendencia se comprende con dificultad. Existe un porcentaje grande y preocupante de gente a nuestro alrededor que no sabe de qué va. Incluso si preguntamos a alguien por la calle por el significado de esta palabra, casi siempre advertiríamos una sensación de desconocimiento.

Si hablamos de fe en Dios ya habría más gente que entendería y es más fácil que haya unos que digan “yo sí creo en Dios” y otros que dirían que no. Hablar de trascendencia es eso, es tener idea de Dios, pero más: se trata de entender, por la fe, que hay un mundo más allá del que vivimos, al que llegamos después de la muerte.

Es decir, hablar de trascendencia es saber que nuestra vida tiene un sentido definitivo, de felicidad junto a Dios en el cielo o de separación definitiva y para siempre. No es fácil explicar este concepto porque nuestra mente no llega a algo tan distante a lo palpable, pero la fe sobrenatural nos enseña que vivimos aquí para merecer la felicidad eterna en el cielo.

Muchos vivimos conforme a esa fe y con la idea de ganarnos ese premio maravilloso de estar junto a Dios y junto a todos los justos que ya habitan en el cielo. Hay otros muchos que viven al margen de esa fe. Por desconocimiento, porque no han tenido una formación religiosa, o porque no son capaces de luchar contra la tendencia del pecado.

Y luego están los que se jactan de no creer. En la literatura no surge demasiado este tema, normalmente porque no tiene nada que ver con el relato. Otras veces, en no pocas ocasiones, se manifiesta notoriamente que el protagonista tiene una visión cristiana, o conoce suficientemente la religión. En “David Cooperfield”, por ejemplo, la obra más renombrada de Dickens, la idea de una vida cristiana es evidente. Y esto en muchos clásicos y en la literatura contemporánea.

Lo que me ha sorprendido recientemente es encontrar una historia, bien escrita, con algunos detalles y anécdotas interesantes, que se manifiesta claramente en contra del infinito. “El retiro”, de Charlotte Wood, surge como una historia contraria. Una mujer que abandona su familia y se va a vivir a un convento de monjas. Y estando años en ese ambiente de recogimiento y oración, ella solo puede dejar claro que no cree en nada. No tiene creencia ninguna.

Visto el conjunto de la obra solo se puede pensar en una cosa: la autora quiere recrear su falta de fe. Aun viviendo con personas totalmente religiosas, la protagonista no cree en nada. Vive en un convento negando la fe. Y el lector puede pensar que el único motivo para escribir esa historia, no histórica, es para manifestar su ateísmo. Como advirtiendo: lo que hacen estas monjas me parece absurdo. Me parece que ese libro no tiene otra intención que influir con su ateísmo.

Ángel Cabrero Ugarte