Una sociedad de confianza

 

Una de las tareas más importantes asignadas a la Iglesia Católica para estos tiempos de pandemia y de post pandemia, entre las muchas que podríamos señalar, es la de colaborar en la inmensa tarea de recuperar la confianza en Dios, en la Iglesia, en la sociedad y en el hombre.

En esa línea resultan de gran interés las páginas dedicadas al estudio de la confianza en el trabajo del profesor Enrique González Fernández, de la Universidad Pontificia de San Dámaso de Madrid, acerca de la nueva filosofía cristiana que está surgiendo en nuestro tiempo (390 y ss.).

Primeramente, nuestro autor nos recuerda que la confianza en Dios está en la base de toda confianza y que podría concretarse en la doctrina tradicional de la Providencia divina, por la que sabemos que Dios no solo ha creado el mundo de la nada con su paternal providencia, sino que asimismo lo sostiene y custodia hasta el final de los tiempos (391).

Especial providencia de Dios, como nos recuerda la Constitución Dogmática “Gaudium et spes” del Concilio Vaticano II, es la que dedica a sus hijos los hombres, pues el hombre, cada hombre objeto de predilección: “El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (n. 24).

Inmediatamente, nuestro autor recoge algunos textos de Ortega y Gasset y Julián Marías dedicados a la confianza, como referentes claves para la construcción de la nueva sociedad de la confianza que estamos llamados a crear en el mundo, sumando nuestros esfuerzos y nuestros puntos de vista. Así citando a Ortega afirma: “cada hombre tiene una misión de verdad. Donde está mi pupila no está otra: lo que de la realidad ve mi pupila no lo ve otra. Somos insustituibles, somos necesarios” (392).

Es sin duda en la suma confiada de corazones, bajo la fuerza del amor, como recordaba san Juan Pablo II en sus llamadas a la Nueva Evangelización, como podremos construir una nueva cultura y una nueva civilización especialmente de la vieja Europa, desfondada por la pérdida de sus raíces cristianas.

Es más, dirá Ortega que “renunciar al propio punto de vista es renunciar a uno mismo” (398), por eso, para poder avanzar es preciso el diálogo con los demás, el intercambio de pareceres, hacerse cargo de lo que los demás exponen: “el enemigo capital de la humanidad es la mentira”.

Así pues, señalará Ortega que debemos confiar pero siempre en un clima de auténtica libertad, pues solo donde hay libertad puede hallarse la verdad, pues la conexión entre verdad y libertad es evidente: “la una depende de la otra, y la falta de una pone en peligro la otra. Cada vez estoy más persuadido de que la causa más profunda de los males que padece la humanidad es la mentira”  (400).

José Carlos Martín de la Hoz

Enrique González Fernández, Otra filosofía cristiana, ediciones Herder, Barcelona 2020, 435 pp.