Bailando con lobos

El teniente Dunbar es el único ocupante del fuerte Sedgewick, en la gran pradera de los Estados Unidos del Norte. Próximo a él un grupo de comanches se dedica a la caza del búfalo, así como a guerrear con otras tribus y con los soldados norteamericanos. Movido por la soledad Dunbar intima con los comanches; llegará a ser conocido por ellos como "bailando con lobos".

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
1993
351
978-84-473-0139

Original de 1988. Inspiró la película del mismo título.

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Novela de aventuras y entretenimiento sobre el Oeste americano, posiblemente para un público juvenil. Literariamente tiene destellos, nada más.

Los indios comanches que aparecen en la novela invocan al Gran Espíritu y hay entre ellos hombres ancianos y honrados, pero roban los caballos de otras tribus, guerrean entre ellos y matan a sus enemigos, entre otros a los hombres blancos que invaden su territorio. La lectura de la novela nos trae a la cabeza un problema casi teológico: ¿Cómo debemos entender estos hechos? ¿Qué pasa con pueblos como éste, anteriores o posteriores a Jesucristo, pero que no han conocido la Revelación divina y se guían por unas normas morales muy elementales? ¿Cómo serán juzgados por Dios?

Encontramos la respuesta en las Sagradas Escrituras. San Pablo explica a los Romanos que existe una revelación natural, accesible a todos los hombres desde el comienzo de los tiempos. Dice así: "Desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y majestad son conocidos por sus obras" (Rom.1,20). El teniente Dunbar se siente transportado cuando observa la inmensidad de las praderas, pero también podemos pensar en otras manifestaciones de la vida natural que nos hablan de la bondad de la creación: Que el sol salga y se ponga cada día, el nacimiento de un niño, los frutos de la tierra y el pan de cada día, el agua de lluvia y el amor entre los hombres.

San Pablo explica cuáles son las consecuencias del desconocimiento de la voluntad de Dios, y estas son: "Injusticia, malicia, avaricia, maldad, envidia, homicidios, contiendas, engaños..." y un larguísimo etcetera (Rom.1,29). No hay que tener mucha imaginación para darse cuenta de que desde el principio de los tiempos han existido hombres justos e injustos, verdaderos y mentirosos, egoístas y generosos, pacíficos y violentos. Tanto en los Mandamientos de la Ley de Dios como en las Bienaventuranzas de Nuestro Señor Jesucristo encontramos un esquema de la moral natural y de las promesas de Dios para aquellos que la siguen.

Sabemos por el evangelio de San Lucas que no tendrán el mismo juicio aquellos que han tenido la oportunidad de conocer los mandamientos de Dios que aquellos que sólo han recibido la moral natural. Dice el Señor: "El siervo que conociendo la voluntad de su amo no se preparó ni actuó conforme a ella recibirá muchos azotes. El que no conociéndola ha hecho cosas dignas de azotes recibirá pocos" (Lc.12,47). Aún los pueblos más primitivos cuentan con unas normas morales elementales sobre el cuidado de la propia familia, el respeto a la palabra dada y a las obligaciones colectivas, y es de suponer que por ellas serán juzgados.