El crimen del conde Neville

El conde Neville acude a la casa de una vidente para recoger a su hija menor. La vidente se la encontró la noche anterior en pleno bosque, en posición fetal y tiritando de frío. Al parecer la adolescente, que responde al singular nombre de Sérieuse, se había fugado del castillo familiar. Pero, antes de llevar al aristocrático progenitor ante su hija, la vidente le toma la mano y le anuncia: «Pronto dará usted una gran fiesta en su casa. Durante esa recepción, usted matará a un invitado.»

En efecto, los Neville, excéntrica familia de alcurnia, van a celebrar en breve su fastuosa fiesta anual, a la que invitan a lo más selecto de la sociedad. Esa garden party es una tradición irrenunciable, pese a que los Neville pasan por serios apuros económicos y el conde incluso ha tenido que plantearse vender el castillo y el bosque que lo rodea. Con toda probabilidad ésta será la última gran fiesta que organicen allí. ¿Acabará, tal como anuncia la predicción de la vidente, con un asesinato?

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2017
120
9788433979865
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Imagen de Azafrán

Con ironía nos relata Amélie Nothomb las últimas bocanadas de la existencia de la clase social pequeña “nobleza” y las razones de su decadencia: el alto concepto moral que de sí mismos tenían, sostenían o intentaban mantener contra viento y marea e incluso contra su propia situación económica, a costa de atentar incluso contra su salud física.

Este parece ser el caso del conde Neville, belga, que está a punto de perder su castillo, último bastión de su decadencia.

Henri Neville, el conde, ya vivió durante su infancia las consecuencias de pertenecer a una clase social desposeída de casi todo, excepto su alto concepto de pertenencia a un pasado cuyo servicio a la patria se ha visto reducido a la capacidad de servir a los de su clase organizando fiestas en su dominio; servir quiere decir poseer el arte de recibir, de relacionarse con los de su clase.

Organizar una recepción mensual en su castillo era la demostración ostentosa de que todavía se pertenecía a la nobleza. Todos los sacrificios a los que la familia se viera sometida tenían esa alta recompensa porque el noble se debía a los otros.

Así pues, Henri y sus hermanos pasaban a pan y agua el resto de los días, excepción de los festivos en los que podían hartarse con las sobras del banquete ofrecido por su padre, Aucassin, conde de Neville. Y Henri pudo comprobar que hablar de sacrificios incluía, además, la negativa a atender a los problemas de salud de su hermana Luisa, a pagar medicinas y tratamientos y, por lo tanto, la asistencia a su muerte.

Henri, heredado el título de conde y el castillo, supo administrar mejor sus dineros y su familia no llegó a carecer de lo necesario para mantenerse con vida. Pudo haberse enriquecido, como lo habían hecho “otros”, pero su conciencia, su sistema de valores como noble, se lo habían vetado y en este momento, el momento que Amélie escoge para su relato, está a punto de celebrar su última recepción en su dominio. Tras esa recepción, no podrá si no vender su castillo y trasladarse a vivir a la casa del servicio, dentro de sus posesiones.

Vísperas de esa última recepción, el conde Neville estalla la situación problemática que su hija menor, Serieuse, venía arrastran desde que había llegado a la adolescencia. Una noche, Serieuse se escapó al bosque, fuera de la propiedad del conde. Una mujer, una especie de bruja o de adivina la encontró tendida en el suelo a punto de morir congelada. La llevó a su casa y llamó al conde quien se levantó y acudió a recogerla. La adivina le profetizó que durante la última recepción que preparaba, el propio conde mataría a un invitado.

El problema de la hija adolescente que quiere mantener la atención del padre sobre sí, que cambia de parecer o no tan solo para sentirse capaz de hacer sufrir a sus padres, y la preocupación de Henri por la profecía se entrelazan hasta llegar al final de esta novela corta.

Un final que sorprende al lector porque efectivamente, el conde Neville comete el asesinato. Sin embargo, la solución que la autora da a tal hecho no deja de sorprender al lector y de solucionar todos los problemas de la familia del conde, incluido el destino del decadente castillo.

Cuando la autora nombra las familias de la nobleza que aún sobreviven en la Bélgica actual, aparece, de pasada, el apellido Nothomb.