El laberinto de las aceitunas

Segunda entrega de la serie del detective sin nombre. Su protagonista tiene su domicilio habitual en un manicomio y es a la vez gestor y víctima de sus propias aventuras. Mendoza había comenzado la serie en 1978, con "El misterio de la gruta embrujada".

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
1982
271
84-322-4500-3
Valoración CDL
2
Valoración Socios
2
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Alguien ha dividido las novelas de Eduardo Mendoza en mayores y menores o divertimentos. "El laberinto de las aceitunas" pertenece al segundo grupo y no alcanza el nivel de las primeras. El autor se divierte utilizando la imaginación mientras ejercita el lenguaje, uno de sus puntos fuertes, siente predilección por los tipos marginales y su forma de expresarse. Su éxito consiste en mezclar este lenguaje con arcaísmos y cultismos, testimonio de sus querencias cervantinas, lo cual provoca la sonrisa del lector. No se puede prescindir del humor cuando se lee a Mendoza. Cuando empecé la novela me pareció estar leyendo a Mortadelo y Filemón, todo seguido y sin dibujos. Pronto el autor incorporará al relato a don Plutarquete Pajarell, historiador retirado y ladrón de libros, que dará un nuevo impulso a la novela. De nuevo nos encontramos con el humor, esta vez en la elección de los nombres de los personajes. Hay una escena brillante en la que nuestro investigador y don Plutarquete se presentan ante el Consejo de Administración de "Aceitunas rellenas El Fandanguillo", de Barcelona. Obsérvese la paradoja entre la ciudad-sede y la denominación de la empresa que presta su título a la novela. A partir de aquí la acción se precipita y el lenguaje se hace todavía más popular. Es evidente que la Emilia, don Plutarquete y el otro ya no dan más de sí. A mí me dieron ganas de doblar el libro hacia atrás para leerlo de pie y en el Metro, como veía hacer de niño a los consumidores de la literatura popular: una mano en un punto de apoyo y en la otra la novela doblada, para leer sobre las cabezas de los demás viajeros. Sin embargo les tengo demasiado cariño a los libros para hacerles eso. No soy capaz de doblar la esquina de una hoja. Si acaso aceleré la lectura y por fin la novela terminó y con ella el divertimento de su autor.