El regreso del Catón

¿Qué pueden tener en común la Ruta de la Seda, las alcantarillas de Estambul, Marco Polo, Mongolia y Tierra Santa? Eso es lo que los protagonistas de El último Catón, Ottavia Salina y Farag Boswell, tendrán que averiguar poniendo de nuevo sus vidas en peligro para resolver un misterio que arranca en el siglo I de nuestra era. 

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2015
600
9788408145
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Es una pena que Matilde Asensi haya sucumbido a la presión ambiental y se haya decantado por dejar que la protagonista de la novela perdiera la fe. Los argumentos que dan son tan falsos que todavía da más pena. Por lo demás la parte final es prolongar un argumento que ya no convence.

Imagen de Azafrán

Comienza, la autora, esta novela con una afirmación categórica y contradictoria: “(…) A los vencedores, deja de importarles la verdad y a nosotros, gente, también. A partir de ese momento, el pasado lo reescribimos entre todos, haciéndonos cómplices de aquellos que nos engañaron, nos asustaron y nos dominaron. Pero la historia no es inamovible, la historia no está escrita en piedra, no tiene una única versión ni una única interpretación (…) Sin embargo, a poco que nos armemos de valor, demos un paso atrás, (…) descubriremos y aprenderemos la más importante de las lecciones: la incertidumbre. La verdad os hará libres, dijo Jesús. Sí, pero la verdad la escriben los vencedores, así que, para ser realmente libres ´solo tenemos la incertidumbre, la desconfianza y la duda (…)” Pág. 9

Contradictoria porque verdad e incertidumbre lo son en su significado y categórica porque no siempre los derrotados poseen la verdad. No siempre los derrotados están cerca de la verdad. Las herejías, ya que la autora las cita, también ganan guerras y se convierten en ortodoxias y terminan siendo más sanguinarias que las ideologías o los poderes precedentes.

Cito aquí el ensayo, que no novela, de Elvira Roca Barea, Imperofobia y leyenda negra.

No es un problema de quién tiene la verdad. Se trata, mejor, de quién o qué beneficia a la mayoría (en las democracias) o al grupo que detenta el poder (en los otros sistemas políticos). Pero que la historia se desenvuelva así, por lucha del poder, no quiere decir que la verdad acompañe o no al vencedor o que la verdad no exista independientemente, o que nosotros estemos incapacitados para pensar y discernir sobre lo verdadero y lo falso. Precisamente por eso la verdad nos hará libres, independientemente de quién detente el poder.

La novela de Matilde Asensia es un amasijo de reivindicaciones de las herejías que la Iglesia Católica, como institución, ha ido rebatiendo a lo largo de sus 21 siglos de historia. Durante esos 21 siglos, han ido surgiendo modos de pensamientos, muchos de ellos con la intención de hacer el mensaje y la persona de Jesús más cercanos a la realidad de la gente de cada siglo. Una especie de negociación para acercar el mensaje al pueblo. Entonces surgía la duda de si aquella concesión podía o no adecuarse al mensaje auténtico de Jesús: los estudiosos de las escrituras, los teólogos, los responsables se reunían y dirimían, exponían… Todos sabemos lo que es un concilio. El primero fue el de Jerusalem, citado por la autora; el último el Vaticano II. Pero de todos ellos tenemos textos y textos que analizan, afirman o contradicen.

Hoy, cualquiera de nosotros puede comprar o leer en internet informaciones exhaustivas de lo ocurrido en las sesiones del Vaticano II. Los medios de comunicación recogieron ampliamente lo ocurrido allí. El mensaje del Concilio es citado frecuentemente en distintos documentos posteriores. Todos tenemos acceso a él.

Pero en el siglo I, cuando tuvo lugar el concilio de Jerusalem, todos estos medios de comunicación no existían. Solo contamos con los Hechos de los Apósteles y algunas cartas. También con la tradición oral. La información viajaba al ritmo de los pies humanos. No podemos juzgar la forma de actuar de los cristianos de la Edad Antigua o de la Edad Media con nuestros criterios. Creer en Jesús, era romper con lo autoridad hasta llegar a Constantino. Creer en Jesús, bajo la enseñanza de la Iglesia Católica, durante la edad Media y Moderna, les ha costado la vida a muchas personas. Hoy día les sigue costando la vida, en Europa también.

La autora se sitúa en una posición, su “alter ego “, como protagonista, de una auténtica creyente, que ama y busca a Dios rectamente: una investigadora de la historia, la descubridora de la tumba del Emperador Constantino. ¿Qué puede dar más credibilidad, más apariencia de verdad, al lector?

Un personaje intachable desde el punto de vista de “testigo de la verdad”: una ex monja que ha trabajado en los archivos secretos del Vaticano y su esposo a quién también conoció en el Vaticano. Estos son los protagonistas de la novela. Y a pesar de su cercanía a lo más secreto del Vaticano, investida de esa autoridad que la proximidad al Vaticano le podría dar, la autora se permite criticar todo lo que la Iglesia Católica ha construido a lo largo de los siglos. Todos los estudios de santos y sabios. Todas las verdades de fe propuestas al pueblo fiel. Y,  por si fuera poco, critica también a los grupos de seglares del siglo XXI que luchan a diario por defender la doctrina de la Iglesia y los cita con nombre y apellido, calificándolos como grupos radicales: Legionarios de Cristo Rey, Schoestatt, Comunión y Liberación, Focolares, Kikos, Comunidades de San Egidio, Opus Dei… Todos ellos radicales por comprometidos en la defensa de la Iglesia Católica y ajenos a la búsqueda de la verdad, según la autora, claro.

La autora construye una novela de aventuras, estilo En busca del arca perdida, en la que los protagonistas deben superar pruebas de resistencia física y de habilidad e ingenio, con riego de sus vidas, para descubrir el sepulcro de Jesús (y demostrar que no es Dios porque no ha podido resucitar) y de su familia, la Virgen (y demostrar que no está en el cielo en cuerpo y alma) y de los otros hijos de la Virgen y san José (nada de la Inmaculada Concepción ni de la virginidad de María) y de paso el sepulcro de un ismaelita-nazarí, encargado de custodiar los sepulcros de Jesús y sus familiares durante el periodo en que fueron robados y llevados a Irán.

 Aquí claro, la autora se identifica con todos los defensores que históricamente han afirmado que Jesús fue un hombre excepcional, pero solo un hombre: nestorianos, arrianos, cátaros… Todos ellos defensores de la verdad (¿incierta? ateniéndonos al concepto de verdad = incertidumbre de la autora).

¿Cómo se justifica así misma, una buena cristiana, amante de Jesús y que busca su sepulcro para demostrar que no es cierta su divinidad? “Menos mal que la Iglesia había declarado que el infierno no existía porque, de no ser así, no hubiera vuelto a dormir tranquila durante el resto de mi vida”. Pág. 258. Pura ficción. La Iglesia nunca ha dicho que no exista el infierno.

El caso es que para tamaño empresa, los protagonistas reciben la ayuda de una familia de archimillonarios, que resultan ser judíos ebionitas, (medio judío, medio cristiano), provenientes de una dinastía encargada históricamente de la protección de las sepulturas de Jesús y sus familiares, y además descendientes de Simón, hermano de Jesús. De ahí su interés en encontrar los sepulcros de Jesús y sus familiares.

En el papel de antagonistas, representantes del Vaticano, temerosos de perder el dominio sobre el pueblo llano que huiría si se supiese el engaño de la divinidad de Jesús. Unos antagonistas dispuestos a matar y que terminan muriendo en la persecución de los protagonistas.

También ayudaron a los protagonistas los ismaelitas-nazaríes. Osea que, destruyendo la divinidad de Jesús, la influencia de la Iglesia Católica, los judíos, los cristianos y los ismaelitas se entenderían perfectamente y llegaríamos así a la alianza de las civilizaciones.