El tío Tungsteno

Oliver Sacks evoca en este apasionante libro de memorias su niñez en Inglaterra, en tiempos de guerra. Casi medio siglo después, el ruido que hace al caer una pequeña barra de tungsteno que le ha enviado un científico amigo -junto con una gran tabla periódica con fotografías de todos los elementos-será la llave proustiana que abra las puertas del recuerdo. Hijo de una pareja de médicos judíos, su curiosidad y deseos de saber fueron alentados desde muy pequeño. Pero cuando tenía seis años estalla la Segunda Guerra Mundial, y es enviado junto con su hermano Michael a un internado en el campo, que resulta ser un dickensiano infierno de hambre y penurias, regido por un sádico director que torturaba a sus alumnos. Cuando los niños regresan a Londres después de cuatro años en los que sólo han podido visitar una vez a sus padres, Michael enloquece, y Oliver encuentra su personal salvación en el absorbente mundo de la ciencia, con el que consigue dar otra vez orden y sentido a su vida. Quien lo inicia es su tío Dave, «el tío Tungsteno», dueño de una fábrica de bombillas eléctricas que se hacen con procedimientos casi artesanales y permiten un íntimo contacto con el mágico metal y sus transformaciones. Y así, totalmente absorto en la física y la química, el adolescente va descubriendo el mundo experimento a experimento y construyéndose un peculiar paraíso intelectual, donde sus héroes son Lavoisier, Marie Curie, Mendeléiev y su tabla de los elementos...

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2003
2006
350
2007
360
978-84-339-7286

Subtítulo: Recuerdos de un químico precoz

Colección: Compactos

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Un libro peculiar, mitad autobiografía de la infancia mitad libro de divulgación sobre la química de los elementos. Oliver Sacks (1933-2015) procede de familias judías del este de Europa asentadas en Gran Bretaña. Sus progenitores son médicos que viven embebidos en su profesión. De su madre dirá que parecía sentir más interés por sus pacientes que por su propia familia.

Al iniciarse la Segunda Guerra Mundial, y cuando sólo contaba seis años, Oliver fue enviado con su hermano Michaerl a un colegio fuera de Londres. De éste dirá que su director era un sádico cruel y que los mayores abusaban de los más pequeños. Recordará Braefield como una etapa especialmente desgraciada en su vida, una especie de infierno. Su hermano Michael tuvo peor suerte; al terminar el colegio se manifestarán en él rasgos psicóticos. Ninguno de los dos hermanos había comunicado a sus padres las dificultades por las que atravesaban en los centros docentes.

Toda la familia siente un gran interés por la ciencia. Entre los seis y los doce años Oliver se refugia en el estudio de los números, en especial de los números primos, y después en la química. El tío Tungsteno es un hermano de su madre, químico, que se dedica a fabricar bombillas de filamento de tungsteno; él despertará en el niño el interés por la química y la experimentación. El tío Abe es físico, y colabora con su sobrino en los experimentos sobre óptica, electricidad y radiaciones. Oliver pasa largas horas en el Museo de Ciencias y en una biblioteca donde lee libros sobre química a los que otro niño ni siquiera dedicaría una mirada. Además de ello va a clases, recibe lecciones de piano y acompaña a su familia a la sinagoga. Manifiesta no haber terminado muy amigo de élla ni de Dios.

Esta es solo una parte del libro, ya que el resto habla de los grandes químicos y físicos que aislaron los distintos elementos de la Tabla Peródica. De Mendeléiev que elaboró la Tabla; del matrimonio Curie que aisló el polonio y el radio; de Borh, el átomo y los cuanta de energía, y de tantos otros que absorbieron su interés durante la infancia. Después de leer el libro nos sorprende enterarnos de que Sacks no terminó estudiando química sino medicina, y que ejerció como neurólogo. Posiblemente el el ejemplo de sus padres y hermanos mayores fue determinante.

Para el que no esté familiarizado con la química o no sienta interés por élla, el libro no es más que una sucesión de nombres propios, sustancias y experimentos. Considero que tiene interés para jóvenes que estén estudiando esa materia. También para quienes deseen saber cómo no se educa a un niño necesitado de afecto. Literariamente no alcanza ninguna cima.

 

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Oliver Sacks recuerda sus años de apasionamiento por la química, años de preadolescente, aficionado por sus tíos. De paso que cuenta sus primeros experimentos, va haciendo un paseíllo por la historia de la química (muy amena y gráfica). Falta un poco de verosimilitud (muchos conocimientos parecen más de adulto que de niño) pero es ameno y divulgativo y tiene también un carácter costumbrista.