Gilead

John Ames, pastor metodista que presiente que su muerte está próxima, escribe una larga carta a su hijo para que la lea una vez que haya muerto.

Le explica su vida de pastor, sus sermones, sus comentarios a la Biblia, la vida de su abuelo y la de su padre; y la de su pariente, el joven Jack Boughton, que llega a vivir con ellos y ha dejado embarazada a una chica.

Ames es profundamente religioso, ama la vida, y es bondadoso con sus feligreses, trabajador y buen predicador.
 

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2011
278
978-84-8109-903-4
Valoración CDL
4
Valoración Socios
3.8
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Imagen de enc

La novela tiene la forma de unos recuerdos familiares escritos por el pastor evangélico John Ames para su hijo. El relato se sitúa aproximadamente en 1955. John Ames pertenece a una dinastía de predicadores que ha ejercido su ministerio en la pequeña población de Gilead, en Iowa (USA). 

Explica el narrador, que el abuelo Ames fue una luchador contra la esclavitud, que participó en la Guerra de Secesión. Hombre belicoso, causó un gran disgusto a su hijo, que era pacifista. Ambos hombres acabaron riñendo y el abuelo Ames ha muerto lejos del hogar familiar. John Ames segundo es el padre del narrador y también ha sido pastor en la misma población. El drama de su vida ha sido su hijo mayor, Edward. Joven muy inteligente, la congregación hizo un esfuerzo económico para enviarle a estudiar teología en Tubinga, Alemania. Cuando regresó se declaró ateo y abandonó el pueblo. El padre, hombre humilde, afirma que "las transgresiones de Edward eran triviales en comparación con las propias" (pág.213).

El hijo menor, John Ames tercero, es el protagonista y narrador de esta historia. Pastor en Gilead, había estado casado en su juventud, pero tanto su esposa como la hija que esperaban fallecieron como consecuencia del parto. Ames ha permanecido viudo hasta los sesenta y seis años, cuando ha contraído nuevo matrimonio y tiene un hijo, destinatario de estos recuerdos.

El íntimo amigo de Ames ha sido el viejo Boughton, pastor de la iglesia presbiteriana, que había tenido diez hijos. En honor de su amigo, bautiza a uno de éllos como John Ames Bougthon, pero el chico ha resultado una figura desgraciada, la oveja negra de la familia. Es la contrafigura de Ames en la novela. La autora nos hace ver que, alrededor de hombre y mujeres religiosos, aparecen, sin que se sepa cómo, hijos o parientes que son lo contrario. Jack siente que ha defraudado a su padre e interroga a Ames: "¿Hay personas que nacen malas, llevan una mala vida y al final van al infierno?" (pág.167).

Ames tiene una teología impecable, y eso es lo curioso de la novela, que la mayor parte es de contenido religioso y teológico sin perder por ello un ápice de interés. Nos hace preguntarnos por la intención de la autora al escribirla. ¿Una búsqueda quizás? Ames es un hombre de fe profunda, dedica largo tiempo a la oración y ama a su templo y a su comunidad. Cita con acierto la Biblia y expone su criterio sobre cuestiones de teología y metafísica (¡!). Sin embargo, sus lecturas no son las que se recomendarían a un católico: Calvino, Feuerbach o Karl Barth.

El pastor cree en la intervención de Dios en la historia y en la vida de los hombres: "He pensado en las cosas que han sucedido a lo largo de mi vida: sequías, la gripe [se refiere a la llamada gripe española], la Depresión y tres guerras terribles. Me da la impresión de que nunca hemos levantado la vista de la dificultad para plantearnos qué era lo que el Señor quería darnos a entender" (pág.253). Una reflexión importante en el momento en el que atravesamos la pandemia del Covid-19.

Ames lamenta la ignorancia cuando va unida al atrevimiento: "Yo echo la culpa a la radio por sembrar la confusión en lo que a la teología se refiere. Y la televisión es peor. Pasas cuarenta años enseñando a la gente a cobrar conciencia del misterio y llega un individuo cualquiera, sin más conocimientos teológicos de los que pueda tener un conejo, se hace con un ministerio en la radio y todo tu trabajo cae en el olvido" (pág.227). La autora da importancia a la teología, lo cual es bueno -"fe de niños y doctrina de teólogos-, recomendaba san Josemaría Escrivá- y, al mismo tiempo, insólito en una novela.

Literariamente el estilo es sencillo y se lee muy bien.  Existe una dificultad, ya que la autora nos habla de tres John Ames -abuelo, hijo y nieto- pastores en Gilead, por lo que cabe una cierta confusión en lo que se refiere a uno y otro. Al saltar atrás y adelante en la historia, obliga al lector a esforzarse para saber de cuál John Ames se nos está hablando. Salvando la afirmación del dolor y del pecado en la vida de los hombres, el contenido de la novela es dulce, destacando para ello las estupendas figuras femeninas que, sin embargo, se mantienen en un segundo plano.

 

Imagen de José Ignacio Peláez Albendea

Novela ambientada a mediados del siglo XX en Iowa, en un pueblo pequeño del campo del Midwest americano profundo. La forma literaria es una larga carta del pastor metodista John Ames a su hijo, de siete años, que ha tenido ya mayor, contándole su vida y la de su familia y todo lo que quiere que sepa, para que la lea cuando crezca y pueda entenderlo. El pastor está al final de una larga vida de servicio a su pequeña congregación rural. Es hombre muy piadoso, hijo y nieto de pastores metodistas. Su relato está cargado de referencias y citas de la Biblia, muy bien traídas. Su figura despierta la simpatía y llama la atención que en una novela que ha ganado el Premio Pulitzer de ficción y el National Critic Circles Book Award,

Se trate con tanta naturalidad y calidad literaria la relación del hombre con Dios, la belleza de la Creación como obra de sus manos, y la obra de salvación de Jesucristo. Es un libro de gran belleza formal, reconfortante. Y se lee con ganas de conocer el desenlace, pues enlaza diversas subtramas que despiertan el interés. Si Flannery O’Connor planteaba sus obras como “un puñetazo en el estómago” del lector, secularizado y distante de Dios, para hacerle reaccionar y sus criaturas eran sorprendentes por el extraño mundo en que vivían y sus historias manifestaban con toda su crudeza la violencia, la pobreza, la incultura y la marginación, Marilynne Robinson ha creado unos personajes llenos de nobleza y un mundo límpidamente bello, sin ocultar la dureza y las penas de la vida: los ojos de este piadoso pastor metodista nos muestran un Dios cercano que acompaña la vida de los hombres, que cuida y protege a cada uno.  

Imagen de Ran

En esta historia de familia, pues el protagonista, un pastor metodista, para contar su vida comienza por la de su abuelo paterno –un tanto pintoresca-, y la de su padre; aparece reflejada la vida de la sociedad americana de comienzos/mediados del siglo XX, en la América provinciana, concretada en un pueblito de poca vida y, en cierto sentido, cerrado sobre sí mismo.
La exposición de la vida de John Ames, está salpicada del espíritu y concepción de la vida de la doctrina metodista a través de los sermones, la práctica pastoral, y los soliloquios a los que se somete el pastor para justifica ante su hijo su modo de proceder.
¿Pretende la autora exponer una antropología por medio de la vida sencilla y, en ocasiones, simple y candorosa de su protagonista? Si es así parece que el resultado es un poco pobre, en ocasiones triste, falto de vitalidad y alegría de vivir.
El relato se hace en ocasiones tedioso y de verdad adquiere verdadero ritmo al final del libro, cuando John Ames se decide, no sin cierto miedo, afrontar la atención de Jack Boughton, hijo problemático de su mejor amigo.
Pese a estar galardonada esta novela en Estados Unidos, me parece que encontrará dificultades para arraigar e incidir con fuerza en nuestro país.