La buena reputación

Samuel y Mercedes contemplan con preocupación el futuro de sus dos hijas ante la inminente descolonización de Marruecos y el regreso de los españoles del Protectorado a la Península. Estamos en Melilla, son los años cincuenta, y en ese contexto de cambio e incertidumbre, el matrimonio decide viajar a Málaga para establecerse en una España que comienza a abrirse lentamente a la modernidad. De la mano de cinco miembros de una misma familia, esta saga recorre treinta años de nuestra historia y transita por ciudades como Melilla, Tetuán, Málaga, Zaragoza o Barcelona. Los deseos e ilusiones de Samuel y Mercedes, de sus hijas y sus nietos se verán condicionados por secretos inconfesables en una vida que transcurre fugaz e inesperada. La buena reputación es una novela sobre la herencia que recibimos del pasado, sobre el sentimiento de pertenencia y la necesidad de encontrar nuestro lugar en el mundo. Autor imprescindible de las letras españolas, Ignacio Martínez de Pisón da vida en estas páginas a unos personajes inolvidables, un retrato nítido y veraz de la vida cotidiana y el devenir de una familia. Una lectura maravillosa a la que uno desea volver porque en ella vemos reflejadas nuestras propias vivencias y la nostalgia de unos momentos que se pierden en el recuerdo.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2014
640
9788432222535
Valoración CDL
2
Valoración Socios
2
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Imagen de Azafrán

Novela relista, de corte psicológico que analiza los sentimientos y los últimos resortes de la conciencia humana.

La historia de una familia que se ve afectada por la historia de Marruecos y de España.

Un matrimonio mixto entre Mercedes Campillo, zaragozana católica, y Samuel Caro, judío nacido en Melilla. Aunque, a decir verdad, ni Mercedes es tan católica como se podría suponer, ni Samuel es un judío practicante; y de él recelaban los otros judíos de su sinagoga en Melilla.

El aspecto histórico que pretende transmitir a los lectores se corresponde con las circunstancias que rodean al Protectorado de Marruecos, allá por los años cincuenta, cuando alcanza su independencia de España, (Tratado de Fez en 1956).

Son momentos convulsos, en los que la comunidad judía, en gran mayoría, decide abandonar el nuevo país, ante las presiones de los musulmanes, y trasladarse al recientemente reconocido Estado de Israel.

Aquí es donde entra en juego el personaje de Samuel.

Hasta este momento, la novela nos había presentado a un judío muy sociable, comunicativo y muy activo en cuanto a los negocios de importación. De su actividad portuaria se beneficia toda la comunidad de Melilla, bien directamente a través de los puestos de trabajo de carga y descarga portuaria, bien a través del comercio, etc.

No obstante, los primeros en beneficiarse van a ser los miembros de su familia: su mujer Mercedes y sus dos hijas, Miriam y Sara.

Samuel prospera gracias a sus relaciones con los jefes militares que llegan a la plaza y su principal cliente es el ejército español. Debido a sus influencias, los judíos le aceptan como miembro de la sinagoga, muy a pesar de que se toma a la ligera los preceptos y costumbres del judaísmo.

A través de la novela el lector repasa usos y costumbres de los judíos.

Pero la devoción del padre y su práctica religiosa queda relegada a la convivencia con lo que una católica podría sobrellevar sin muchas molestias. Claro que las exigencias que la religión que su esposa, Mercedes, practica tampoco le suponen grandes molestias a Samuel: recogerlas a la salida de la misa dominical y acompañarlas al vermut.

Los judíos transigían y aceptaban a Samuel creyéndole un espía del ejército español.

Para Samuel, acostumbrado a hacer compatible creencias y actividad socioeconómica, no resultó difícil compatibilizar matrimonio e infidelidad: mantiene una relación adúltera durante treinta años con otra judía que había conocido en su juventud y de la que estuvo enamorado. Una judía casada con otro hombre rico con negocios e influencia que terminará vendiendo en el momento oportuno, justo antes de la independencia de Marruecos, y que se trasladará con su inmensa fortuna a Suiza.

A través de su relación adúltera con Alegría, Samuel es invitado a ayudar al pueblo judío que quiere trasladarse de Marruecos a Israel. En un principio, se niega, pero más tarde, ante la petición del jefe de la sinagoga, cambia de actitud y, valiéndose de su actividad portuaria va trasladando a miles de judíos en barcos no siempre en buen estado. Así recupera su buena reputación.

Samuel reconoce en su interior que no se comporta adecuadamente con su mujer. Que le ha dado parte de la felicidad que a ella le debía por su matrimonio, a su amante, Alegría. Lo admite y termina poniendo fin a esa relación, de la que le quedan unas fotos que mantiene escondidas.

Como es hombre de negocios se da cuenta de que tiene que trasladar su negocio a la península y es ese el momento que Mercedes aprovecha para reivindicar una casa en Zaragoza, ciudad de la que procede. Así que la familia se traslada, primero a Málaga y posteriormente a Zaragoza.

Las hijas de Samuel sufren los vaivenes de la vida. Sara se escapa de casa con un musulmán del que se enamora en Melilla. Se va sin permiso paterno en unos años en los que las mujeres no podían salir de España sin ese consentimiento.

Su novio, peluquero, intenta abrirse camino en Barcelona y al no conseguirlo, decide emigrar a Venezuela, adonde Sara no puede acompañarle.

Conseguir ese permiso supone nuevos desencuentros con su madre, Mercedes.

La otra hija, Miriam, se casa con Ramiro, oficinista en una Caja de Ahorros.

La historia se centra sobre Samuel y su actividad benevolente con la que ayuda a los judíos del Protectorado a viajar por mar, primero a Málaga y de allí a Tel Aviv. Un día sucede la desgracia: un barco naufraga y mueren varias decenas de judíos y entre ellos muchos niños. Esta tragedia desequilibra a Samuel y a partir de ese momento, pierde la salud mental y poco a poco la física. La salud de Samuel parece ser el detonante para que Sara retorne al hogar, se olvide del musulmán y se case con Felipe, tenga familia, etc.

El lector asiste a crisis familiares en los que los afectos parecen diluirse ante los egoísmos. Nadie está dispuesto a sacrificarse y todos se consideran justificados como víctimas del desafecto de los otros.

Mercedes no soporta la vejez de su esposo y no le auxilia ante una situación crítica: deja que agonice en el suelo durante horas.

Ramiro engaña a su suegra quien le había confiado la administración de su dinero y eso supone que la Caja de Ahorros le destituya. Tiene que trasladarse a Canarias y el matrimonio de Miriam hace aguas. Ella, busca consuelo en los brazos de otro hombre y la fatídica noche del incendio del hotel Corona de Zaragoza, ella y su amante son de los pocos que salen con vida.

Los hijos de Miriam, Daniel y Elías, reciben en herencia, tras el fallecimiento (¿?) de Mercedes, los negocios portuarios de Málaga y Melilla.

El comportamiento de ambos, cada uno en su estilo, es el de quien no tiene reparos en acostarse con cualquier mujer, fumar porros, emborracharse, representar obras de teatro anticlericales y en las que se desnudan…

El negocio portuario de Málaga fracasa. El de Melilla se mantiene gracias al trabajo continuado de las hermanas de Samuel, Esther y Raquel. Dos ancianas que mantienen su fe judía, el negocio familiar y la casa de Samuel hasta que Miriam, la única que, a pesar de sus errores personales, de su debilidad psicológica, es capaz de dar calor y compañía a los demás, decide volver a la casa donde vivió su infancia y juventud.

La novela termina con el fallecimiento de Esther que coincide con el despertar a la madurez de Daniel. Una esperanza que se abre y que permite entrever la posibilidad de continuidad de esta familia que “no era la mejor familia del mudo, pero era su familia”. Pág. 633.

Imagen de acabrero

Samuel (judío) y Mercedes (católica) son un matrimonio con dos hijas bien situado en la sociedad melillense en plena posguerra de la guerra civil española. Los avatares políticos y comerciales forzarán su traslado a la península, donde se desarrollará su vida, así como la de sus dos hijas y los nietos, siempre con referencia a Melilla. La trama irá mostrando las luces y sombras en la evolución de los diversos personajes y de la familia en su conjunto, hasta el final de los años 80.

“La buena reputación” resalta por el buen oficio de Martínez de Pisón: imprime un ritmo narrativo bien ajustado y constante que hace llevadera y amena la gran cantidad de datos de las más de 600 páginas de la novela; administra bien la información para crear pequeñas intrigas que se resuelven paulatinamente; presenta personajes complejos y verosímiles en sus contradicciones y vaivenes interiores; revela aspectos del mundo de los judíos españoles en la segunda mitad del siglo XX; y recrea con detalle lugares, ambientes culturales y momentos de época con los que lectores nacidos a partir de los años 50 podrán identificarse. Si en esta visión panorámica, compleja y detallada que quiere ser generacional (y son tres generaciones) retrata con perspicacia tanto comportamientos generosos como egoístas, también es cierto que deja que se sucedan algunos temas necesitados de un tratamiento más matizado para ganar en verdad, más allá de que simplemente ocurran: el divorcio, la infidelidad, la sexualidad sin compromiso (la frecuencia y crudeza en la narración de algunos comportamientos le restan la elegancia que el autor muestra en otros momentos), el conocimiento superficial de la fe (hasta su abandono) y su poco reflejo en las decisiones vitales. El autor parece justificarlo en las circunstancias y la modernidad de los tiempos que avanzan.

© Reseñas bibliográficas Fundación Troa