Las señoras

Dos hermanas octogenarias, que viven en una ciudad de provincias y son fervientes lectoras, chismosas incansables y abominan de la televisión, deciden presentarse a un concurso televisivo como muestra de su propia defensa de la cultura, mediante lo que será una "bomba" inspirada en el programa.
La novela parte de una trama de interés, que va perdiendo en su propio desarrollo. Las ancianas, conocidas en su pueblo como "las señoras", cotillas inconfesas, que se declaran de continuo "agustinianas, demócratas, republicanas, anarquistas y reaccionarias", son el centro de una serie de elementos policíacos, sostenidos por una crítica social humorística y con una dosis de ironía lastrada por la reiteración de frases, de adjetivos, de términos latinos, de citas de literatos y filósofos... El autor abusa del laísmo e incluye groserías y tópicos. La intriga no queda acabada en todos sus elementos, pero no está ahí lo importante, sino en la crítica, inventiva, asuntos sugeridos y otras veces expuestos con una cierta estridencia. Algunas leves alusiones a temas religiosos tienen matices negativos.

© Reseñas bibliográficas Fundación Troa

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2003
192
1999
197
84-322-0791-4
Valoración CDL
3
Valoración Socios
3.4
Average: 3.4 (5 votes)
Interpretación
  • No Recomendable
  • 1
  • En blanco
  • 2
  • Recomendable
  • 3
  • Muy Recomendable
  • 4

5 valoraciones

Género: 

Comentarios

Imagen de Rubito

Al lado de algunos detalles de cierto valor, que están presentes en otras novelas de José Jiménez Lozano – humanidad, ternura, matices...- el conjunto me parece una obra no conseguida. Sus protagonistas son poco reales, llegan a hacerse abusivos en su erudición y el ambiente, la acción y los diálogos están demasiado dispuestos para soportar un mensaje ideológico, pero carentes en sí mismos de profundidad, dinámica y sugestión

El fondo es un apólogo moral en la línea de los adjetivos con que las ancianas se definen. Un cristianismo liberal, levemente crítico – “No somos papistas”, dicen en dos ocasiones – que quiere presentarse como lleno de valores sociales y autenticidad. Es una novela que queda lejos de la calidad de La boda de Ángela, El Mudejarillo o de los libros de relatos como El cogedor de acianos, por citar alguna de las otras obras que sí vale la pena leer.

( de Ángel García Prieto )

Imagen de Azafrán

Las señoras es un texto narrativo que consta de catorce capítulos. Las protagonistas son mujeres. O quizás se podría decir que es la mujer ideal del siglo XXI. Una mujer fragmentada, deconstruida dirían hoy los críticos del postmodernismo, o bien, conformada a partir de los diferentes papeles que se espera de ella. D. José Jiménez ozano define la mujer ideal como una mujer culta, capaz de manejar en la conversación cotidiana palabras, frases, de otras lenguas (inglés, francés, alemán, italiano y por supuesto latín). Una mujer que domina hechos históricos hasta llegar a la sutileza de la anécdota. Una mujer que vive con independencia afectiva o mejor con dependencia afectiva del conocimiento y que atesora libros, que los maneja y que los cita. No es fácil incluir en la conversación con un amigo citas de versos o de frases de otros autores. Pues así nos describe su autor a Constancia y a Clemencia que son las dos “ya no tan jovencitas” protagonistas de Las señoras. Constancia y Clemencia viven en una ciudad pequeña y son admiradas por sus conciudadanos, al igual que por el autor. Se definen así mismas a lo largo del relato de este modo:
“-Nosotras, comisario, somos, y siempre hemos sido, agustinianas, demócratas, republicanas, anarquistas y reaccionarias”,unque todos los personajes que comparten el reparto en la novela las consideran físicamente elegantes, socialmente encantadoras y de trato exquisito. Dos hermanas tan sumamente compenetradas que se diría que es una persona desdoblada para poder mostrar al lector que el grado de cultura que han alcanzado es tan alto, que no existe en su ciudad de provincias autoridad, ni civil ni eclesiástica, capaz de seguir el ritmo de su pensamiento, el fluir de datos históricos o la comprensión de las palabras empleadas en otras lenguas. Para llegar a comprender la definición que de sí mismas hacen se precisa un conocimiento de la historia nacional y europea y sus implicaciones políticas.

Pero estas dos hermanas, ya ancianas, pues asistieron al triste espectáculo de la segunda guerra mundial durante su estancia en un colegio suizo, conviven con otras dos mujeres. Una de ellas, Simone, vive en su casa en régimen de pensión. Es una mujer también culta que se dedica a preparar su tesis doctoral titulada “Vía unitiva y dolor del mundo”. Con solo la pincelada del enunciado, el autor nos da la clave para entender a Simone como una mujer mística y entregada a la acción social en favor de los necesitados. Simone representaría el aspecto espiritual tan inherente a la condición de mujer y su generosidad en favor de los que la rodean.

Amelita es el cuarto personaje femenino que conforma la idea de mujer. Es la persona que prepara la comida y atiende a las dos “ya no tan jovencitas señoras”. Encarna la imagen de la sensualidad a través del buen comer. Es una estupenda cocinera y cuando ella está en la casa los aromas parecen traspasar el papel hasta llegar al lector.

Todas ellas aman en un sentido espiritual o intelectual y ponen sus dones al servicio de los demás, a las causas sociales, arriesgando sus vidas en algún momento. Por eso se definen como reaccionarias, porque reaccionan ante el dolor ajeno.
Esta idea de mujer ideal se opone a la ignorancia generalizada de la sociedad que aparece en la obra, en los contenidos de los programas televisivos, incluso en los contenidos de los best-sellers. La obra culmina con el triunfo, el reconocimiento social del dominio cultural que las dos hermanas poseían, mediante el premio en un concurso televisivo, y el fracaso doloroso de la incomprensión social a su labor en favor de los débiles en una sociedad donde los ideales son utilizados por los poderosos en su propio beneficio.

En muchos momentos, a los comentarios de Constancia y Clemencia y en sus discusiones con el comisario, se me vinieron a la cabeza, lo confieso, aquellos otros diálogos entre Don Quijote y Sancho en los que se dilucidaba el triunfo del ideal sobre la realidad de la vida.

No me cabe la menor duda de que a esta concepción de la mujer como poseedora de la cultura han contribuido las lecturas de novelistas inglesas y norteamericanas a quienes José Jiménez Lozano hace referencia reiteradamente en sus obras –Emily y Charlotte Brönte, Flannery O’connor-. Con Virginia Wolf convengo en que hasta bien entrado el siglo XX, las mujeres hemos tenido un poco más difícil que los hombres, la dedicación a la literatura y a la cultura en general. Pero que no hayamos sido famosas por hitos culturales no quiere significar que no hayamos amado la cultura o que no contribuyésemos a su transmisión en la atmósfera de la familia. Con Flannery O’Connor me sumo a su afirmación de que “es difícil encontrar un buen escritor” y añado porque es difícil encontrar un buen lector.

Imagen de cdl

Clemencia y Constancia son dos apacibles ancianas que, desde su residencia en una pequeña ciudad de provincias, lamentan el desdichado espectáculo que les ofrece la televisión. Como lectoras devoran los anales de la cultura universal y esgrimen su gusto por San Agustín y Spinoza. No les cuesta trabajo afirmar la superioridad de la filosofía ni declararse republicanas, anarquistas y reaccionarias. En su casa hospedan a Simone, profesora que prepara su tesis doctoral sobre la Unicidad con Dios y a quien la policía vigila como sospechosa en un asunto de tráfico de drogas. Juntas deciden presentarse a uno de los concursos televisivos que tanto aborrecen para hacer estallar la noticia que hará temblar al mundo entero.